He mudado este blog a una dirección diferente:

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La Habana


La Habana. Noche. Un sexto piso. Temperatura agradable, una ligera brisa se cuela por la ventana. Un par de conversaciones en la calle, fachadas fotográficas; la pátina del abandono de los edificios hace maravillas, restos de tiempos mejores por doquier; como si la gente de los barrios pobres se hubiera mudado a la calle Serrano cincuenta años atrás, aprovechando la oportunidad de que los moradores anteriores hubieran huido precipitados en el mar o en río Manzanares.

En el malecón, sentados en un banco de madera, charlamos largamente con un hombre de setenta años; ellos mismos no parecen superar sus propias contradicciones: el amor a Fidel que les trajo la salud y la educación gratuita, frente a la falta de libertad y la carencia de los bienes de consumo más elementales.

La parte de la ciudad que recorremos tiene el aspecto de un barco que se hunde poco a poco, quizás desde hace medio siglo. Me recuerda alguna de las calles de la India. El bloque en donde nos albergamos tiene, por el contrario, mucho parecido con la casa que habitamos en Moscú hace unos años. Los locales que ofrecen los productos vendidos con la cartilla de racionamiento son muy similares a la que conocimos en Eslovaquia y en otros países del Este hace ya unas décadas: curiosa coincidencia.

Lo más importante: gente cálida y amable, franca, solamente un hombre maduro sentado a la puerta de su casa se negó a ser fotografiado, el resto: hombres y grupos de jóvenes y mujeres mostraron gusto en ello. Un excelente muestrario fotográfico en todo caso.

* * *

No, definitivamente no. Sí a los cubanos pero no al sistema, no a esa idea de que los turistas sean abultadas billeteras llenas de dólares que hay que asaltar a toda costa. Cinco euros los extranjeros, veinte céntimos los cubanos, para entrar a ver museos que exhiben cuatro cosas; todo es un poco así. Paseos insignificantes por Sierra Maestra, que desde luego no será el Parque Nacional de Ordesa, casi los cincuenta euros por persona. Crazy! Leo toda la tarde sobre los cien últimos años de la historia de Cuba.

El Che debía de entender de muchas cosas pero creo que no comprendió, igual que no comprendieron los rusos, que el hombre no sólo vive de incentivos morales, de ideales —y menos las masas—. Se cargaron los negocios, las pequeñas empresas, también una parte notable del trabajo de la tierra, se burocratizó la vida. A partir de determinado momento había que poner en el norte de cada uno un dudoso bien general.

Mirando la calle es difícil saber de qué vive la gente. Desaparecieron los mercados, los vendedores callejeros, los pequeños negocios, se ve mucha gente vagando por la calle; la población de La Habana vive sentada a las puertas de sus casas. El dinero no se mueve, no se puede mover porque no hay. Los dólares son requeridos ansiosamente en todas las esquinas. La época de pedir los bolígrafos por la calle persiste aquí como un hecho sociológico fosilizado que creíamos había desaparecido en el Moscú de los años setenta. Tiendas de dólares y tiendas de pesos. En las de pesos, nada, apenas nada; en las de dólares bastantes más posibilidades. Ergo, conseguir dólares, si no tienes dólares sólo comes frijoles y arroz. Nos encontramos una pareja de aspecto aseado, indagamos, tienen treinta y cinco años, la revolución cuarenta y tres, no han conocido otra cosa, disfrutan de quince días de vacaciones cada seis meses, pero lo único que pueden hacer es sentarse a la puerta de casa, no hay indignación, no saben, no han vivido otra cosa. Visitamos una escuela: la foto de los héroes de la revolución en el centro, un busto de José Martí preside el vestíbulo, el Che desgreñado de siempre un poco más arriba, algo más ostentoso que los retratos de Franco en nuestros mejores tiempos: la escuela está en pleno centro, casi como un stand más para el turismo (no tiene mucho objeto la puerta de una escuela abierta en plenas vacaciones, puesta ahí como piso piloto). Hablamos con el encargado... parece la voz de su amo.

Al final de la tarde el gusto por el pintoresquismo de las calles queda parcialmente anulado; la pátina del tiempo, los colores, la gente sentada en los portales, el mundo afrocubano despreocupado y amigable, desaparece el impacto de lo nuevo.

Perdieron muchos años, ahora tienen que redescubrir otra manera de hacer economía, fomentar la iniciativa privada, dejar que el dinero se mueva.

Mientras caminamos conversamos sobre la libertad. Llevamos treinta años hablando de libertad, el tema es inagotable. Amamos la libertad, es requisito indispensable para vivir con dignidad. Habría que hablar también del hambre y del reparto de la riqueza, también; pero cada vez creemos menos en la bondad innata de nadie, personas o entidades, parece como si la verdad última fuera que a los individuos sólo les salvara su propia fuerza, sus potencialidades puestas a bregar contra la adversidad. No se pueden olvidar grandes consecuciones, pero es evidente que Cuba es un barco que hace aguas desde el punto de vista de aspectos fundamentales del ser humano.

Es imposible dejar de proyectar sobre la realidad cubana el hecho de nuestra realidad en Europa, nuestro sentido de la vida y la libertad. No me siento a gusto en este país, mis expectativas quedaron rotas. Los autobuses y trenes reservan plazas para los turistas, con un precio veinte veces mayor. Me siento como en esos buses que había en Estados Unidos o Sudáfrica en donde los negros y los blancos ocupaban distintos lugares. Los turistas somos de color verde, de aspecto algo sobado, papel moneda con numeritos en las esquinas, en las orejas, que dicen 5, 10, 20, 30 $. Las instituciones, las iglesias, los museos, los medios de transporte, la entrada y salida del país no te miran a ti, miran tus orejas verdes, el panzudo vientre de un célebre personaje americano con el letrero encima de The United States of America.

Cuarenta y tres años de ausencia absoluta de libertad son demasiados años. El entusiasmo que generó la revolución se ha ido enfriando hasta convertir este país (da lástima decirlo) en un lugar insufrible, un galimatías a la caza del dólar en donde participa no sólo el estado sino la población en pleno. La verdad es que estamos saturados. No hay persona con la que hablemos que no quiera desfogarse con la suelta de todos los despropósitos del sistema.

Esto no está hecho para nosotros; hoy se nos pasó por la cabeza la idea de adelantar nuestro vuelo camino de Venezuela. No sabemos qué resultará, o si encontraremos libros lo suficientemente interesantes como para tumbarnos en alguna playa cercana donde el amanecer y el crepúsculo pueda dar parte de nosotros.

* * *

Hablo con Jaime Sabines. Si me preguntaran diría que sí, que esas cosas tarde o temprano las pienso. En el revoltijo de lo humano cabe todo, toda clase de días, los ruidos nocturnos, la tristeza, los anhelos que bajan del cerebro al bajo vientre, la sinopsis universal, la esperanza de un gesto; fornicar, al cabo es como intentar atravesar el más allá, ese trozo de infinito que nos sugiere la exploración de otro cuerpo, ese que apenas existe más que en deseo pero que creemos atajar con la plena energía de nuestra obsesión. Quizás centrando en ello buena parte de mi energía logre ir engañando a mi propia clientela anímica. Primero fue Dios, inconmensurable fusión mística con una idea imposible, después fue la mujer representada por la mitad del género humano, vestida con los atributos de la liturgia, del rito que nos adentra en el camino al otro lado de nosotros mismos.

Deja que la vida entre en ti. Se podría hacer una gran trenza con las citas con que poco a poco vamos hilvanando la correspondencia de este verano.

Panamá







Oigo a Couperin, leo a Pániker, el aire del ventilador baja con un zumbido regular hasta la cama donde escribo. A un sueño irresistible a las ocho de la noche ha seguido una fructífera lectura que busca entre línea y línea la afirmación, el matiz que venga a abonar la instancia de las propias creencias, a iluminar las intuiciones.

La tarde-noche se hace rincón de selva en donde revolotean las luciérnagas, algún personaje de Hombres de maíz remonta el espacio entre la realidad y la magia de un bosque de luminarias para alcanzar desde este espacio su lugar en la leyenda; tras él no hay nada, desapareció el viaje, el hotel, las calles plenas de resonancias, y sólo existen las voces y las páginas de un libro.

De golpe el libro me agarra por donde más puede, aunque lo interrumpe una cucaracha de color achocolatado y tres dedos de ancho, que se pasea como dueña del lugar por el suelo de la habitación; parece un gorrión inquieto, se da una vuelta y termina metiéndose debajo del armario. Salvador Pániker nunca podrá vivir la experiencia de esta compañía porque siempre se hospedó en hoteles de muchas estrellas. A Pániker no le habría venido mal bajar alguna vez de los cielos para encontrarse con la madre Tierra. Con toda seguridad su diario se habría enriquecido con ello. Hace algo más de una semana, en Guatemala (ahora que transcribo de mañana en un salón colectivo del hotel estas notas, se me planta a medio metro un ratón de ojos saltones y mirada curiosa... Mis recuerdos se fueron a Nueva Delhi donde en una habitación buhardilla con una simpática terraza, los ratones, que eran muchos, escalaban por nuestros macutos y nuestras botas y nos miraban como bichos de otro planeta; y no había manera de espantarlos, porque corrían medio metro y volvía a encaramarse al espectáculo de vernos leer en medio de una tarde calurosa. Pena que no podamos convivir en amistosa cercanía); en Guatemala, decía, sucumbí al instinto asesino de espachurrar discretamente a la primera cucaracha que me tropecé en el cuarto de baño; procuré que mis oídos permanecieran incólumes; con la papelera arrastre el cadáver, sin verlo, hasta un rincón. Media hora después volví al servicio y me encontré a tres más; entonces me puse a mirarlas, quise ser consciente del condicionamiento repulsivo con que nos acercamos a estos animalejos; desde mi trono de loza blanca me dediqué a observarlas; cuando permanecía quieto se acercaban a mis pies, movían sus largas antenas; nada por aquí, nada por allá, unos pasitos de ballet hasta situarse cerca del dedo gordo y volvían a pararse no sin antes echar una mirada atrás para comprobar que tenían el campo expedito en caso de peligro: el bote sifónico sin tapa, una ranura bajo el baño, un agujero en la pared. En días sucesivos me reconcilié con ellas. La última noche no las vi, las eché de menos. Siempre esperé inútilmente a que aquellas cucarachas echaran a volar, que es lo que sucedió en una ocasión en un hotel de Marrakech, cuando me despertó en mitad de la noche un sonido similar al que hacen las langostas cuando vuelan. Decía hace un rato —con tanto paréntesis uno pierde el hilo— que el libro me agarra precisamente allá donde estoy ahora mismo: “ninguna teoría tiene fundamento absoluto. O sea que uno escribe a tientas —piensa a tientas, añadiría yo—. Uno escribiendo trata de enterarse de lo que ya sabe”. Ergo, algo similar la lectura de esta tarde, la sensación de que leyendo uno se va enterando de lo que ya sabe.

La tarde comenzó con versos de Jaime Sabines, y lo que parecía ser un inevitable irse a la cama a recuperar sueño y a curar restos de agujetas se convirtió en lectura lúcida y en música de Chopin y Couperin. Y ahora me duelen los ojos. El cuerpo y la mente no se ponen de acuerdo y en consecuencia uno de ellos va a tener que ceder a favor del otro, así que apagaré la luz y dejaré a mis pensamientos vagando bajo el ventilador hasta que venga el sueño.




Tenemos que hablar del lenguaje. La idea se me acerca acompañada de la mano de Pániker. “El yo se construye a cada instante, de manera nueva. Lo que a veces más presiona es la necesidad de comunicación. El deseo permanente de comunicación precede al sexo. El sexo es lenguaje.” Y más: “Wittgenstein se refería a los hematomas que se producen en el entendimiento al tropezar con los límites del lenguaje. El lenguaje es la casa del ser, sentencia Heidegger” Y esto viene a cuento del convencimiento pleno de la necesidad de explorar los límites del lenguaje, el nuestro que es el que más importa, porque es obvio que estamos bajo mínimos cuando constantemente eludimos poner en palabras nuestro universo mental en forma adecuada. Cuando uno se encuentra formulaciones y análisis posibles, cuando en lo confuso se proyecta luz, es ineludible preguntarse por las razones de inaccesibilidad con que se nos muestran a nosotros, mortales también, el análisis, la clarificación de los asuntos.

Yo miro mi vocabulario, mis tics, y descubro siempre montones de quizases, de acasos, de términos relativos: a veces, probablemente. La inconsistencia de las ideas, no suficientemente trabadas, pensadas, tomadas así, coladas en nosotros sin apenas darnos cuenta, hacen estragos en nuestro lenguaje y engañan la supuesta seguridad que acompaña a nuestro ideario; de manera que lo que creemos pensar puede ser perfectamente un aire que vino, una negación que nos surgió, un panfleto que fabricamos para justificar a priori cualquier pensamiento o acción. ¿Sobre qué descansan nuestras ideas? ¿Y eso sobre lo que descansa, a su vez, en qué se apoya? Cuando se nos plantea algo para lo que no tenemos respuesta inmediata es fácil que echemos manos a cualquier cosa que ronde por allí al alcance de la mano. No tenemos tiempo, siempre hay cosas que hacer, uno no puede pararse porque corremos el peligro de quedarnos alelados en la esquina de la calle mientras el gentío se mueve incansablemente; y así nuestras “adquisiciones”, una tras otra a lo largo de los años, pueden ser pobres conjeturas precipitadas que no tuvieron tiempo para ser confirmadas, pero que van formando un espeso fondo sobre el que se acumulan otras “verdades”; exactamente como los corales, las verdades de abajo se volverán axiomas, se petrificarán y sobre ellas nacerán otras verdades improvisadas, y otras y otras.

Las mentes claras funcionan de otra manera, levantan su universo lingüístico de un modo más sólido e inteligente. Los hábitos del pensar y de expresar las ideas y los pensamientos obligan a una gimnasia mental temprana; también las intuiciones tienen mayores posibilidades de autenticidad, optan por una matrona más polivalente, la experiencia de la que nace es más rica.

¡Rehuímos el esfuerzo tantas veces! Pasmados ahí frente a la interpretación de la realidad, carentes de medios, al final los nosés como colofón de otro tren perdido. Es la historia de una parte de la humanidad, de una parte de nosotros que no encontró todavía la manera de hallar tiempo y ganas para expresarse a sí mismo y para interpretar la realidad inmediata. Hábitos pasivos que hay que intentar descartar, primero, para evitar esa clase de hematomas de que habla Wittgenstein y, después para poder llevar a término una buena comunicación con nosotros mismos y con los demás.





Más allá del sexo no hay nada

el sordo extravío de la soledad

el silencio.

Más allá estoy yo, mi nada anhelante

tensa

bañada de ti,

el frío viento doblando las cañas verdes de las gramíneas.


Costa Rica

San José (Costa Rica)

Después de un viaje de casi doce horas, peregrinamos a la búsqueda de un hotel que se adapte a nuestros gustos y presupuestos. Encontramos al fin una bonita perspectiva, un balcón que da a la Avenida nº 2; salimos a pasear, y de pronto ya no estamos en América Central, no la América Central que hemos vivido desde que aterrizamos en Ciudad de Méjico; son el conglomerado de animadas calles peatonales que conocemos en la Europa mediterránea: apañadas, agradables, placenteras de pasear. Chequeamos el correo, nos vamos de paseo y nos encontramos con un anuncio: Tosca, Jacomo Puccini, última representación esta misma tarde, el espectáculo comienza en una hora. Una carrera hasta el teatro. Una banda ancha blanca cruza el cartel donde se anuncia la actuación: localidades agotadas. Nos vamos a tomar un piscolabis y volvemos enseguida a la puerta del teatro. El mismo ambiente de gala que ayer noche con el ballet Bolshoi en Managua, pero menos provinciano; rondamos a los hombres y mujeres que se acercan a la puerta. Cuando faltan diez minutos hay mucha gente nerviosa con las entradas en la mano esperando a la pareja, a un amigo; preguntamos, nada. A las ocho, empiezan a cerrarse las puertas, Berta insiste a un muchacho que ya no sabe donde poner sus nervios y que no hace otra cosa que mirar el reloj. A lo lejos aparece el amigo esperado por fin. El vestíbulo está vacío. Bueno, dice ella, vamos a tomarnos un café a la salud de Puccini, y salimos andando hacia la calle. Cuando empezamos a alejarnos un hombre se acerca apresuradamente a nosotros y nos ofrece dos entradas; ni siquiera hace intención de cobrarlas, salimos corriendo; la puerta está cerrada, nos abre un señor de librea, le miro con cara de cordero recién salido del matadero, le digo: ¿nos dejará entrar, por favor? Trepamos corriendo la escalera. Eso mismo, las primeras escenas de Fitzcarraldo, de Wernerg Herzog subiendo las escalinatas del teatro de la Opera en Managua. Llegando al tercer piso oímos ya los primeros compases de la obertura. Desde nuestras butacas la visibilidad no llega más allá de la mitad del escenario. Pero estamos dentro, en el interior de una catedral, el pintor Rodrigo y el sacristán inician su parlamento; Tosca, celosa a rabiar rastrea el escenario buscando una voz que oyó mientras se acercaba a su amado. Y ya tengo tiempo para mirar esta pieza de museo donde no cabe un alma más, teatro pequeño, acogedor, decimonónico. Cuando comienza el segundo acto me escurro hacia la barandilla tapizada y encuentro la manera de seguir el espectáculo de rodillas con el cuello asomado hacia el foso. Sí, señor, ver a Puccini de rodillas, toda una metáfora; la orquesta debajo de mí, paseo a ratos la vista por el público, por las filigranas del techo, por la escena colorista, recoleta, apretada, llena de sabor de época. Y suena, lo esperaba desde hacía un largo rato, aquello de mísera que canta Tosca y que tantas veces oímos a la Callas y a la Kiri Te. Me sube un escalofrío por el cuerpo; los espectadores aplauden frenéticamente, la orquesta debe pararse. Y en el acto tercero el aria, un hermoso canto a la vida de Rodrigo, que espera ser fusilado aquella madrugada. Y un final apoteósico lleno de vítores y saludos junto a una emoción genuina que transmite la satisfacción de un público agradecido.

Anoche volvió a abrirse la tierra en mitad del silencio; y la tierra gimió y lloró, débil primero, como saliendo del sueño, como resistiendo un dolor impostergable. Ahí desperté, cansado, embotado de viaje y kilómetros, al borde todavía de un aria de Puccini, sin saber aún de qué parte del sueño estaba. Había un tráfico ligero en la calle, un rumor de trompas, la vibración templada de un contrabajo; y entre unos y otros, en compases espaciados, el vagido, noche, la tierra, apenas audible pero poderoso, nacido del fondo, tenso, estirado, del grito, del único grito que nos redimirá de la soledad y el dolor; grito de carne e infinitud ahogado entre los brazos, la carne del otro. Y las olas, y las arremetidas del viento, el agua rompiendo con una brevedad salvaje contra la playa, arrastrándose enseguida con infinito deseo por la arena fría, por la arena cálida, por los muslos anhelantes para caer desfallecida, convulsionada, como pez fuera del agua, sin aire. Silencio, rumor lejano, entrechocar de espumas. Y regresar al mar, agarrarse al encaje de otra ola y rodar de nuevo al humedal de un nuevo ciclo, crecer en el deseo y en el dolor, dentro, al fondo, desaparecer el agua en el agua mientras la noche dure. Los músculos tensos, tropel de caballos, rumor de alas, dolor, rodar por la arena, hacerse encaje blanco, exhausto; dormirse en la arena abrazado a la tierra.

En la habitación de al lado se celebraba el rito de la vida. Espectáculo libre y gratuito, tierno, al que es imposible no sumar la tierra y el agua de otros mares, para a su vez volver a amanecer al fondo de la noche, abrazados y dormidos junto al blando encaje del alma que duerme sobre la hierba.
Al mediodía ya no era mata de pelo ni pasión de agua luchando en los brazos de la tierra penetrante; era mujer entera, era necesidad de compartir la soledad, forma, carne distinta, ojos diferentes, mirada amorosa, refugio. Los gemidos de la mujer de la noche que me sacaron del sueño, acrisolan mi ser, establecen la primacía de los yos que se cruzan, que han de entenderse, abrazarse para rodar por los ciclos de un tiempo sin un antes ni un después. Rodar.

Estamos en el Museo Costarricense. Los cuadros tarde o temprano terminan hablando ¿Por qué las cercanías de hombres y mujeres susurran siempre, dicen, cantan, hacen soñar historias, son como el horizonte inalcanzable del mar? Mirando algún lienzo pregunto: ¿de qué manera el rompecabezas de la existencia organiza algunas piezas en estos colores y formas? ¿serán imaginaciones mías? ¿Qué será eso que el pintor costarricense, Miguel Hernández, bautiza con “El secreto febril de la vida”? En una sala próxima el artista Herberth Bolaños pinta la sala de sonidos de agua y mandalas, las energías de la tierra son convocadas bajo el celaje de la fuerza invocatoria del hombre con la naturaleza, el hombre que medita y se deja bañar por los rumores de su propio corazón.

Por la noche, de nuevo en el escenario del Teatro Nacional. Un violín solista que interpreta Aires gitanos de Pablo Sarasate me vuelve a recordar el plañir de la noche anterior. La casa invita a un vino después del concierto: buen hábito en unos países donde cuesta ver donde está el vino.


San José-David (Panamá)

En busca de una emoción,
colores y timbres
brillos de ojos
la pulpa de unos labios
el brillo de un recuerdo despertado en la sala oscura de un teatro donde lloran lastimeras las cuerdas de un violín de barro y agua.
Búsqueda de mirar y ver
de oír el runrún del corazón,
las olas ruidosas del Atlántico
junto a la pajiza textura del campo
que rompe como el mar
contra el final de la tarde
llenando de polvo de oro los rastrojos,
de azul ceniciento el horizonte.

Viajo en autobús,
leo al poeta mejicano Jaime Sabines
miro los ojos dormidos de una mujer
el color de la mañana
los hilachos blancos sobre las montañas.

El Cuaderno amarillo de Salvador Pániker, que me compré ayer, espera paciente junto a mis rodillas a que la carretera salga de las tornavueltas de las montañas.
Llueve. El autobús atraviesa el corredor verde de la selva, se hace oscuro, como si entráramos en una cueva; huele a sudor y a campo mojado.




David-Panamá City, 13 de agosto

Ahora hace frío en el bus (aunque fuera la temperatura puede andar por los cuarenta grados), vamos por la segunda película, se ve un paisaje apacible y verde con nubes blancas sobre las colinas.
El currito de turno, eso sí, de corbata y camisa blanca, dice que el aire acondicionado está normal. Nada que hacer, pasar frío en pleno trópico mientras nos atosigan a películas: cosas de la modernidad.

Nicaragua

Viajamos por Nicaragua, no debe de quedar mucho para llegar a Managua, desfila ante nosotros un país verde lleno de hondonadas y largos valles; de vez en cuando se ven bandadas de garzas, los poblados pequeños se suceden, llevamos ocho horas de viaje, es agradable alternar la lectura, la escritura, comer algo, dormir un rato dejando a los ojos cerrarse frente al paisaje que pasa. La blandura del contacto de las teclas del portátil es ideal, y mirar fuera mientras los dedos siguen su trabajo en el teclado un lujo. Ahora pasamos por un llano pleno de frutales. Hoy, no sé por qué este viaje parece haberme depositado en un mundo nuevo, ¿será que Nicaragua me cae bien, que el sandinismo dejó por aquí otra manera de entender cómo se puede hacer política? No sé, de hecho el paisaje está muy poco poblado, hay una comunicación silenciosa con el mundo que va pasando, incluso con las nubes, un enorme cumulonimbo blanquísimo que asoma la cabeza por detrás de una montaña. El campo y las laderas están cubierto por árboles no muy altos que se alternan con pastos o con algún que otro maizal; siempre atravesamos algún campo de fútbol improvisado, la fiebre del fútbol es universal.

Cuando uno, pensando en América Central, oye hablar de Arundati Roy (un correo de hoy que nos llega de nuestra amiga Gloria), la impresión que le produce por dentro es que este mundo de bestias no tiene solución. Hoy por la mañana leemos en grandes titulares en La Prensa, de Managua, que un reciente presidente (Alemán, se llama) y su familia entera se apañaron (robo sin más) mil millones de córdobas, es decir el equivalente del presupuesto de sanidad de este país. Todos gozan de inmunidad parlamentaria. Inútil en esta tarde de calor sacar conclusiones de ningún tipo, sólo dolor de tripa. Hace un par de años dejé sin concluir un libro que versaba sobre el estado de despilfarro y corrupción en la India, era un libro desalentador. Meses atrás, con la idea de ponerme al día sobre los países de América Central leí a Manuel Leguineche y, confundido por el título: Viajar, con un subtítulo que parodiaba a Lowry, Sobre el volcán, me enfrasqué en una historia de violencia y despropósitos que estaba fuera de mi ánimo lector de aquel momento. Aun así terminé con el libro. Pese a mi instinto, que me hace rehuir la información de lo que pasa regularmente en el mundo, la verdad es que el mazo de la realidad termina por caer en algún momento sobre una conciencia mal preparada para digerir tantos opuestos irreconciliables. Asusta encontrarse con rincones del mundo, husmear la calle al principio de la noche. Uno abre la guía y busca datos: Renta per cápita, en Guatemala, por ejemplo, 3900 dólares. Es un dato, 2700 en Nicaragua, donde el aspecto de la ciudad es bastante limpio y aseado. Pero paso las páginas y me encuentro con algunas cifras del recién nombrado presidente de Colombia: una renta de 1700 dólares. Es mejor ahorrar el resto de las circunstancias. Los españoles sembramos la semilla, además de diezmar la población; Colombia según datos de Chomsky encabeza la lista de países con mayor ayuda bélica proporcionada por Estados Unidos. Pero ni siquiera así, ni con toda la sangría producida durante siglos es posible entender los mecanismos de la pobreza y la expoliación con aproximación. Es desalentador comprobar que uno puede dar la vuelta al mundo en cualquier sentido, llenarse los ojos de imágenes, de miradas, de gente, aglutinar dentro de uno millares de circunstancias y encontrarse que a todo aquello es difícil darle un significado global, buscarle una posibilidad de enderezamiento. Porque no se puede hablar sólo de nivel económico.

Tras una larga demora en la frontera Nicaragua-Costa Rica de nuevo en la carretera. Comida de ataque en el bus: muslo de pollo, raspaduras de repollo y plátano frito como la suela de un zapato. Volvemos a la selva, el paisaje se abre a ratos. Llueve.

Escribía ayer que no se puede hablar sólo del nivel económico. Después nos fuimos al teatro. En la calle no es fácil ver gente que no sea de color, anoche, sin embargo, el 17%, la totalidad de la población criolla, los blancos de aquí, pareció congregarse en pleno, y de gala, para asistir al espectáculo del ballet Bolshói. Con la entrada suministraban una notita indicando muy taxativamente qué se podía o no vestir en tal ocasión. Algo parecido nos sucedió en un espectáculo folklórico en Ciudad de Méjico cuya entrada superaba también los veinte dólares. La cultura y el dinero se reproducen a sí mismos. El trabajo de aprender más sobre esa tendencia generalizada que parece nacida de las manos de un salvaje darwinismo social es difícil. Al hilo del comentario de Gloria, recuerdo haber leído un par de artículos de Arundati Roy relacionados con las maneras en que el dinero se mueve en la India sin parar mientes en arrasar pueblos enteros para obtener pingües beneficios. La canalla internacional es igual en todas partes.

Pero también hay que apuntar otros interrogantes. ¿Por qué estas poblaciones o aquellas viven durante siglos en especiales condiciones desfavorables mientras que otras, más activas, más imaginativas logran encontrar, aun desde una extracción muy baja, el camino hacia una vida mucho más armónica? Hablando en términos generales, ¿habrá en la forma de ser de los pueblos indígenas hábitos, características, que marcan también una continuidad en sus modos de vida? Y pienso en los inuits de Alaska y de las costas del Océano Glaciar Ártico, los mapuches de Argentina, los huiloches de Chile, las gentes del Tibet, los parias de la India. Y situados en la India hay que apuntar necesariamente, igual que en Latinoamérica, a la importancia de las creencias religiosas, y tratar de ver la parte que le corresponde en el resultado general. Y ahora que justo encima de mi cabeza se oyen tiros y más tiros (siempre las televisiones rebosando violencia), me pregunto si este círculo descerebrado de los medios y los entretenimientos sin salida (aquí hubo una guerra en el 69, llamada del Fútbol, entre El Salvador y Honduras), como pasto de masa, no tendrá, estará teniendo un papel relevante en la dormidera general. Ya vimos lo que sucedía en Guatemala con la visita del Papa.

Y del ballet, todas las alegrías de los encuentros y la elegancia, los sentimientos suscritos unos tras otros por la cristalina continuidad de los movimientos. Dócil el cuerpo en la cresta de una ola, ave gozosa, juegos de agua y aire y música soplada en turbulencias desde el proscenio. Y el círculo brioso y rítmico en un traje de muselina, como potro encabritado retenido por la fuerza y la pasión de la contención, músculos, nervios, juegos. Levedad, alegría, autodominio, ligereza, naturaleza grácil de los cuerpos y las sensaciones.

Y en medio de la oscuridad, dentro de su cono de luz, la emoción manando de la gracia de estar ahí, en medio de un bosque, sentimientos, ternura, tirando del espectador para llevarlo bajo el palio del bosque nocturno, junto a la clapa donde se congregan las aves y el rumor del agua para acoger a la mujer que danza, al hombre que sostiene el cuerpo blanco; el gozo del encuentro aleteando melancólicamente al final de la fiesta de la noche que termina.


Entre El Salvador y Tegucigalpa

La Palma (El Salvador)


“El Gaspar Ilóm apareció con el alba después de beberse el río para apagarse la sed del veneno en las entrañas. Se lavó las tripas, se lavó la sangre, se deshizo de su mal, se lo sacó por la cabeza, por los brazos igual que ropa sucia y lo dejó ir en el río.” (Miguel Angel Asturias. Hombres de maíz)

Se oyen los grillos, el bosque tropical crece frente a nosotros en medio de un ambiente húmedo que da a la noche un toque acogedor. Un porche frente a nuestra habitación nos sirve como lugar de lectura y trabajo; cerca suena la marimba acompañando la alegría de un puñado de salvadoreños que subieron a la montaña a pasar el fin de semana.

La noche tropical hoy es fresquita, la lluvia hizo bajar la temperatura, que desde que entramos en El Salvador era algo agobiante. Encontramos una capital destartalada, pero no menos que Guatemala. La situación política parece que se toma un respiro; el país camina despacio por falta de infraestructura y de medios económicos.


Entre Ocotepeque y Tegucigualpa

Ojos hinchados de mañana temprana de viaje. Vida corriente a la puertas de las casas, estudiantes con mochila, pasa un viejo con un machete de medio metro colgando del cinto; pero nada del dorado madrugón de las estaciones de tren de la India de un invierno lejano. En el fresco de la mañana suenan algunas bocinas, el cielo es claro, plano; después será todavía más plano, y cada vez durante el día costará más encontrar la belleza nueva de un mundo diferente porque los colores y los semblantes tempranos de un invierno de Oriente pertenecen a un pasado difícil de reencontrar (¿o quizás no?). El invierno dorado aquel estaba hecho de dormir difícil y compartir exiguos espacios de maleteros, de sensaciones agolpadas contra el espíritu y acrisoladas por las mixturas de las luces, el sudor de los cuerpos o el aroma de las flores. Es verdad, nunca más existió viaje como aquel del Ganges y la costa del golfo de Bengala camino de Mysore; nunca, ni los ojos, ni los niños, ni la aurora pudieron repetir su pequeño esplendor frente a mí con tal derroche de generosidad. ¿Qué ciudad sería aquella en que amaneció mi cuerpo roto en medio de un gentío, de saris, maletas, bultos, voces, con los rayos primeros del sol cayendo sobre la humanidad del vestíbulo de la estación como sobre el atrio de una catedral medieval, el sol ambarino, padre de la tierra, madre amable que venía a calentar el cuerpo entumecido de los mendigos y los viajeros?

Deberé volver a Oriente en busca del Grial, el polvillo de oro flotando en el crucero, como en un templo, de la estación, los ojos de una niña que fotografié, los montoncitos de azafrán y canela, los colores de las frutas tropicales, los panales tronzados, chorreantes de miel tornasolada. No existe país alguno similar. El mundo fue de blanco y negro hasta que los dioses inventaron los colores y decidieron derramarlos por las ciudades de la India; Shiva, la de los múltiples brazos, cubrió de sangre y azafrán el ara donde dormía el linga, colmó de flores los templos, regaló los tintes del otoño en que vivían los dioses a las ciudades, los derramó por las madrugadas de todo el país.

Mucho en la vida es volver a ayer, a los momentos fugaces que tuvimos la suerte de encontrarnos, momentos magníficos de gracia, de emoción contenida bailando en el pecho. Volver para saber que aún es posible, que las mañanas y las tardes pueden todavía rozar la presencia divina de lo que buscamos; podemos esperar, provocar, ir tras el momento en que nos encontraremos con ese nosotros mismos que se nutre de los regalos esporádicos de los dioses: en la selva, el río despertando de la noche con su alfombra blanca entre los árboles, el vapor de la tierra flotando perezoso entre las garras robustas y mortales del matapalo, entre los espinosos troncos de las ceibas; en la ciudad, la pátina del tiempo, el trajín de la vida y la muerte, como en Varanasi, los restos de un tiempo ido, los muros y las fachadas de decadentes palacios, calles, como fruta en agraz, que sólo los años y el tiempo transforma, como venecias en ciernes, en herrumbroso y delicado lienzo en que apagar nuestra sed de ver y guardar, la honda emoción de lo que el hombre crea y la naturaleza bautiza; en la montaña, la ladera calma, dormida, intemporal, junto al tintineo de las hojas del bosque, el salvaje derrumbe de un cielo de tormenta, la seda azul acostada entre la calina añil del valle, la noche magnífica, profunda como un pozo en cuya hondura titilan las estrellas; en el mar, donde el agua besa la arena cerca de nuestros sacos de dormir que nos protegen del frío de la madrugada, el beso de la brisa que aligera nuestro sueño y nos hace abrir los ojos para decirnos que estamos vivos, que el mar, el viento, la arena, las gaviotas revoloteando a nuestro alrededor certifican que estamos vivos.

Viajamos hacia Tegucigalpa, Tegu, que dicen aquí. Viajar, camino duro tantas veces, búsqueda. Ir al encuentro de las armonías, las estructuras, los colores, las formas, las texturas; abrir los ojos, husmear tras la poesía de los caminos, el calor multitudinario o silencioso de las calles. El alma de los viajes no aparece en las guías, yace escondida tras la esquina de cualquier calle, agazapada en las horas privilegiadas del alba; te tropiezas con ella sin buscarla, basta con estar atentos, vigilar ese tránsito por la tierra para que no se escape eso que estuvo ahí esperándote durante mucho tiempo, a ti, sólo para ti: realidad multivalente de muchos brazos, tronco de muchas ramas.

Y soñar. Y recordar, mientras el bus atraviesa las montañas, mientras suben y bajan pasajeros. El aire me golpea, me llena la cara de brisa y campo verde.

Guatemala, El Salvador

Guatemala, Marinoff, Italo Calvino



Después de nuestro gira turística matinal, el Papa, el gentío, una buena colección de retratos arrebatada por la presencia de la Curia Romana, pasamos un rato por el hotel a descansar. Me enfrasco en el libro de Marinoff, Más Platón y menos Prozac. Algunos fragmentos de mi lectura: “Hegel considera que el poder existe en dos facetas: para que uno sea poderoso, otro tiene que ser impotente. Los amos obtienen sus sensación de valía a partir de la opresión del prójimo”. Evidencias que conviene recordar. Más: “El filósofo y teólogo judío Martin Buber divide las relaciones en dos tipos: Yo-Tú y Yo-Ello. La primera representa un toma y daca mutuo entre iguales, mientras que la segunda se fundamenta en la propiedad y la manipulación, igual que entre una persona y un objeto. Una relación saludable necesita sobre todo interacciones Yo-Tú, pero lo cierto es que a menudo cometemos la equivocación de tratar a las demás personas como si fueses cosas y entramos en la dinámica Yo-Ello. Ésta constituye otra forma de establecer un desequilibrio de poder que conducirá al conflicto.” El libro de Marinoff es un cajón de sastre esta tarde: “Un hombre nada puede desear a menos que antes comprenda que sólo debe contar consigo mismo; que está solo, abandonado en la tierra en medio de sus infinitas responsabilidades, sin ayuda, sin más propósito que el que él mismo se fija, sin otro destino que el que él mismo se forja en la tierra” (naturalmente, Sartre).

Una tarde más. El último pedazo de ella deshaciéndose entre las páginas de un libro es una imagen que yace esparcida por muchos rincones de la memoria; todas imágenes tranquilas, con sabor a crepúsculo, a tiempo sin tiempo. En el caso de hoy tarde ruidosa que siguió a mañana de agobio y de una búsqueda frenética por huir de la sordidez de algunos establecimientos hoteleros. La calles tumultuosas, ruidosas de Méjico, el cruce de dos de las principales arterias de la ciudad, que habíamos olvidado hoy en nuestro empeño de huir inmediatamente de un lugar decrépito en que nos habíamos metido anoche presionados por la oscuridad, reaparecen hoy como el golpeteo de un martillo pilón junto a nuestros tímpanos. El ruido hace difícil nuestra comunicación, sentados ambos en nuestras respectivas camas situadas en ángulos opuestos de la habitación, debemos a veces gritar para entendernos. Me asomo al balcón, dos vecinas de buen ver y de grandes tetas apoyan sus pechos desmesurados en el poyete de la terraza y ríen ostentosamente mirando a la calle; me gusta verlas; no les quito el ojo de encima, espero con la intención de ver qué sucederá cuando se crucen nuestras miradas; espera inútil. Regreso a Italo Calvino, oigo a la policía abajo, vuelvo a asomarme: trabajo rutinario, varios individuos con las manos sobre la pared son cacheados; todo transcurre en un clima amigable. La calle queda bloqueada por una doble línea de autobuses, sonido de claxon, banderitas en la ventana con las consignas de bienvenida al Papa, gritos; parece una manifestación pero sólo son una acumulación casual de voces.

La nube de smog. Leer a Italo Calvino me produjo siempre la sensación de una lectura que está de vuelta de muchas cosas, la fina ironía, su humor soterrado, parece que destilara un tipo de vida que tiene la capacidad de ver, de analizar, pero a la que uno siente le faltara el impulso pasional de los deseos, la cuesta abajo de la desmesura. Vida reglada, familia, esposa rechonchita buena ama de casa, horario de oficina, expedientes que resolver, lecturas que completar y veranos en las playas del Adriático son aspectos personales que sugieren la lectura de un puñado de libros suyos, de la misma manera que los libros de Conrad sugieren vivencias marinas y aventuras sin fin en ultramar. “¿Cómo se puede, señor, mezclar con la excelsa poesía de Catulo, cuestiones tan prosaicas como los emolumentos por la traducción en que usted trabaja? –escribía Calvino desde su papel de gestor en la Editorial Eunaldi de Torino, al traductor de turno que pedía anticipos por su trabajo-. Calvino parece ir a su bola sin importarle demasiado lo que se mueve a su alrededor; juega con las palabras; se mueve bien dentro de la piel de unos personajes que asumen conscientemente su mediocridad. Es la mirada de un tímido que ve desfilar el mundo desde la sutil sabiduría de quien ha vivido considerable cantidad de años.

Muchos de sus cuentos son apenas el esbozo de una idea, una pequeña ola que va suavemente a recostar su cabeza en la arena tibia de la playa. Como la vida, que muchas veces no es otra cosa que esa línea secreta con que termina uno de sus cuentos (“y le parecía que en el informe embrollo de la vida se escondía la línea secreta, la armonía que sólo se podía encontrar en la muchacha celeste-cielo, y que éste era el milagro de ella: el escoger en cada instante, en el caos de los mil movimientos posibles, aquél y sólo aquél que era justo y límpido y leve y necesario, aquél y sólo aquél que, entre los mil gestos perdidos, contaba.”). Trato de adivinar al autor tras su escritura, confusión a veces posible aunque no descabellada, y me encuentro que muchos de sus personajes tienen rasgos comunes: que el soldado Tomagro del primer relato es el adolescente que fue el reportero de “La nube de smog”; que el lector empedernido del quinto no es otro que aquel que escribió “Por qué leer a los clásicos”, lector asiduo y enamorado de los libros, en donde la historia de una vida parece ser la historia de las lecturas y relecturas cumplidas a lo largo de los años; el empleado que un día descubre inesperada, agradablemente el atractivo de estar con soltura y normalidad entre la gente del otro sexo (“La aventura de una mujer casada”). No es el poeta, pero quiere ajustarse a esa línea secreta y armónica de la esquiadora de otro de sus cuentos. Pero sobre todo es el redactor de “La nube de smog”, el hombre que estuvo en la Resistencia con Cesare Pavese, en los tiempos difíciles del fascismo italiano, pero que termina tras la mesa de un despacho cumpliendo un trabajo y recibiendo un salario. Y mientras tanto las hormigas Argentinas se multiplican, el tiempo pasa y las hormigas siguen ahí, la nube de smog va creciendo, y el aire limpio de los prados aparece cada vez más lejos, más lejos; ese escueto mar apenas más allá del mundo de las hormigas está ahí, a nuestro alcance, pero la obsesión del tiempo, de las hormigas, de las tareas diarias raramente dejarán lugar a ese apacible paseo, mujer, niño, esposo hasta el muelle cercano.

Sin embargo, quizás en el fondo, pese a la nube, pese a las hormigas, se esconde la sabiduría del que va despacio y atraviesa la vida con el secreto de alimentarla con sencillos condimentos. Así termina el libro de Calvino: “Ahora yo había visto (había visto los campos donde las mujeres, como en la vendimia, pasaban con cestas descolgando la ropa seca de los hilos, y la campiña sacaba al sol su verde entre aquel blanco, y el agua corría llena de burbujas azuladas), ahora ya había visto y no tenía nada que decir ni por qué meterme en lo que no era cosa mía...... No era mucho, pero a mí que sólo buscaba imágenes para guardarlas en los ojos, tal vez me bastaba".


El Salvador, 1 de agosto


Cuando llegamos al hotel lo primero que nos preguntan: ¿para un rato o para una noche? (?) Somos viajeros de presupuesto bajo, miramos dentro de la habitación, veo en Victoria un gesto de reticencia, se va ella a otra de al lado, se mete en el cuarto de baño; yo mientras tanto intento que mis pupilas se adapten al interior de la primera estancia, su aspecto sombrío repercute en mi estómago; cuando pasan estas cosas, en mi bajo vientre se produce una especie de vacío, de mi esófago arrancan unos movimientos que deben de parecerse al de los anillos de las serpientes cuando están deglutiendo una pieza desproporcionada para su conducto digestivo. Quedan dos horas de luz, si nos ponemos a buscar hotel se nos hace de noche, y la noche no parece muy recomendable en esta ciudad: nos quedamos. Colocamos los macutos junto a la pared de la puerta, alzo la cabeza hacia el fondo de la habitación y me encuentro con un encuadre interesante: las sábanas blancas y las almohadas se extienden en un armónico escorzo hacia el lado opuesto de la habitación; en el fondo el esmalte amarillo y desconchado de la pared se revela como motivo idóneo para mi cámara. Necesito espacio, me falta un gran angular.

La habitación no tiene cerradura ni candado. Una verja de hierro en la puerta del hotel puede ser suficiente para que nos confiemos a la honestidad de los propietarios de este establecimiento.

Si dos horas antes, mientras nos alejábamos camino del centro, comentamos que no debíamos habernos precipitado quedándonos en ese hotel, ahora, nada más volver, resulta que encontramos la habitación acogedora. Las paredes arrastran la pátina de un tiempo indefinido, el techo es excesivamente alto, cinco metros más arriba cuelga una débil lámpara que apenas es capaz de transformar la oscuridad en penumbra. Sin embargo hay algo que hace que nos sintamos a gusto, parece estar relacionado con las posibilidades fotográficas del lugar; pienso en mañana por la mañana, en las tomas que podré hacer, ese blanco y ese amarillo, un antiguo interruptor de la luz, el contraste con un moderno ventilador de pie, que parece un marciano en este entorno. Y además, lo más exótico y agradable del momento: una hamaca cruzando la habitación de parte a parte.


Esta primera hamaca en nuestro camino será la premonición de nuestro avance hacia el sur. Por la noche sacamos las tres guías que llevamos y empleamos un par de horas en buscar la ruta que habrá de conducirnos hasta Perú. Nuestra única incógnita, la posibilidad de atravesar por Colombia, se había desvanecido días antes cuando recibimos un correo con los pormenores de la situación política del país; no existían, además, las más mínimas posibilidades de atravesar por tierra ese laberinto entre Panamá y Colombia, que se llama Sierra de Darién. En compensación y dada la dificultad de llegar a Venezuela por otro medio que no fuera el aéreo, decidimos volar a Cuba, para desplazarnos desde allí a Caracas. En el mapa de Venezuela descubrimos una pequeña carretera al sudeste, que llega hasta Manaus. Desde allí seguiremos la ruta de Fitzcarraldo hasta Iquitos, algo más de una semana y media subidos en una hamaca: descansar, leer, mirar al río, asistir al rito diario del crepúsculo reflejado en el agua.


Guatemala. El fasto vaticano

A la tarde, la débil luz de la habitación me impide seguir con la lectura de Chomsky; me tomo una tableta de chocolate, un vaso de leche, me enchufo los auriculares a Mussorsky, y agarro el portátil. Encontré la letra courier, le puse la negrita y enseguida me pareció que estaba con el clac, clac de la máquina de escribir golpeando sobre el rodillo de goma. Viejos tiempos aquellos de la pequeña máquina que tantos trabajos sacó adelante y que mis hijos se rifaban ahora como lujo paleolítico de la escritura.

Vi al Papa a través del zoom de trescientos, ocupaba todo el rectángulo del objetivo, estaba encorvado, con la cabeza inclinada a un lado, tenía aspecto de sumo cansancio; el papamóvil atravesó por delante de nosotros a una velocidad desconsiderada, poco cortés diría yo, para la multitud que se había apostado en las calles durante horas esperando el paso del Santo Padre. Seguía detrás del papamóvil un microbús lleno de “personalidades” eclesiásticas; varios de ellos sonreían melifluamente y hacían gestitos de saludo con las manos desde su sonrisa profidén. Los coches doblaron rápidamente por la calle de la izquierda y se perdieron en otro codo que los dejaba en la Nunciatura. Inmediatamente un triple cinturón de policías acordonó la entrada a la calle. El Papa quedaba debidamente enlatado. Durante toda la mañana, jóvenes universitarios habían engalanado todo el pavimento de las calles por donde pasaría con dibujos y pinturas en bajorrelieves fabricados con serrín de distintos colores; los regaron durante horas para que mantuvieran sus formas y no fueran arrastrados por el viento. Primorosas filigranas, trabajo minucioso probablemente preparado durante semanas para homenajear al “Mensajero de la Paz”. El coche de este mensajero pisoteó a una velocidad de visto y no visto toda aquella alfombra primorosa. Y los gilipollas de bonete rojo sonreían y meneaban la mano a la multitud que llenaba la calle, mientras el público miraba perplejo en qué habían quedado sus expectativas.

Trabajo rutinario de masas. Masa distante, carne de cañón. Ceremonia de la confusión. Burócratas de sotana roja o blanca. Si Jesús se levanta y ve esto le da un patatús. Parece como si unos pocos programas de televisión, un Papa, y el uso medianamente inteligente de los medios de comunicación fueran capaces de tragarse los pocos metros de dignidad que un pueblo puede desarrollar.

Incontenible emoción, lágrimas, cuadros para una exposición antropológica en donde se encierran muchas de las claves del comportamiento de la humanidad. Era imposible no ver la mentira, me decía, este papamóvil impoluto y limpio llevando el mensaje de la esperanza al pueblo pobre, mísero, al que vienen esquilmando y chupando la sangre desde los tiempos de Cortés; un papamóvil lindamente acompañado por Ríos Mont como representante del dinero, de la masacre indiscriminada de los años ochenta (hoy presidente del Congreso y aspirante a la Presidencia en las nuevas elecciones). Esperpéntico. Banderitas, emblemas, aplausos, ojos húmedos.

Por la tarde, mientras me cortaba el pelo, miraba en la televisión los preparativos en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Méjico, lugar a donde se desplazaría aquella tarde el Papa viajero, santuario donde los devotos siguen arrastrándose décadas tras décadas de rodillas por el empedrado hasta los mismísimos pies de la virgen, junto al altar mayor. Se mencionaban muchos millones de pesos, en esa ocasión la curia romana andaba en déficit, no habían podido encontrar promotores suficientes que sufragaran los gastos; se hablaba de negocios, el gran negocio de la bisutería y las estampitas que sigue al Papa en todas sus correrías. Era imprescindible recordar a todos los grandes promotores del culto a la personalidad del siglo XX y, con ello, claro está, el papel de los medios en la fiesta de la confusión.

Realizamos buenos retratos en aquella ocasión, eran los retratos de siempre, hombres, mujeres, niños que veían pasar la vida como si ésta fuera un juego de magia y el espectáculo a donde iban les mostrara la suerte que corrían los conejitos y las palomas dentro del ancho gorro del prestidigitador de ocasión. Se trata de un pueblo ingenuamente crédulo, allí todavía un señor gordo puesto en mitad de la plaza era capaz de mantener en vilo a un gran círculo de adultos con el juego de ese conejo-servilleta que brinca solo al impulso del dedo índice de su cuidador, ese truco de toda la vida que hacía el vecino de mi suegra a mis hijos cada vez que caíamos por allí de visita.

Los señores del Norte y los señores de Roma van a seguir teniendo a este pueblo bajo su bota de hierro durante mucho tiempo todavía. El Papa les habla de que los ángeles hacen pipí desde el cielo, mientras desde Gringolandia un feroz vigilante mira continuamente bajo la cama de Guatemala para que no se le filtre ningún socialista que pueda poner en peligro el dinero del tío Sam.

El espectáculo de entonces, la fastuosidad vaticana, la del Estado de gala en el aeropuerto, era indigno e irrespetuoso en un país donde el sesenta y cinco por ciento de la población vive por debajo del índice de pobreza, o donde el noventa y cinco por ciento de las mujeres indígenas son analfabetas. Un treinta y cinco por ciento de analfabetos en todo el país era un terreno abonado para una exhibición como la de aquel día.



Palenque, Guatemala



Palenque fue la imagen de una mujer de vestido rojo esperando sobre las graderías de alguno de los templos mayas. El resto discurrió en una larga discusión arriba y abajo por las calles de la ciudad, cobijados, cuando ya caía la tarde en un parque público donde lucían taciturnas unas pocas farolas. Repaso aquello pero es demasiado prolijo, una discusión en donde aparecían algunas consideraciones en torno a Musil; algo sobre Óscar, el personaje de El tambor de hojalata, y su negación a crecer y media docena más de asuntos interesantes. Me quedo con unos pocos versos de Nicolás Guillén, que aparecieron en mis lecturas poco antes de dormirme:


“Camina, negra, y no yore,

be p’ayá;

camina, y no yore, negra,

ben p’acá;

camina, negra, camina,

¡que hay que tené boluntá!”



Fueron a cazar guitarras

bajo la luna llena.

Y trajeron ésta,

pálida, fina, esbelta,

ojos de inagotable mulata,

cintura de abierta madera.

Es joven, apenas vuela.

Pero ya canta

cuando oye en otras jaulas

aletear sones y coplas.

Los sonesombres y las coplasolas.

Hay en su jaula esta inscripción:

“Cuidado: sueña”





Guatemala. Esperando al Papa.


Dolor de tripas, sí; algo así fueron nuestros primeros días en Guatemala, quizás el humor, el ánimo de un país pueda compararse al humor que uno arrastra como alma en penitencia durante tantos días de la vida. Sólo que hay países que parece que nunca vayan a despertar del mal sueño de un ánimo envilecido por la historia, los gringos o el pandemónium católico. Habíamos llegado a la capital sin tiempo para buscar hotel y, teniendo en cuenta la prevista llegada del Papa para el día siguiente, nuestros temores de no encontrar alojamiento hicieron que no nos demoráramos en su búsqueda; así pues, de cabeza al primero que encontramos. Hotel Guatemaya, un pasillo estrecho, un verja al fondo; se abre la verja, cuatro o cinco metros cuadrados, un cuchitril rodeado de cristales, sólo queda una habitación, cincuenta y cuatro quetzales, baño común.

Tomamos la llave, subimos una escalera que se cae a trozos, echamos un vistazo al baño: paredes rotas, una cortina con mugre de muchos años; en un rincón un retrete, unos pocos chorizos flotan indolentes en la superficie amarronada de su interior; dos pilas de medio metro cuadrado, una con agua sucia hasta el borde, restos de pelos, espuma, un paño oscilando en su superficie como un iceberg. Del grifo caen lentas unas pocas gotas de agua. Giro la manilla, el mecanismo emite un suspiro, un gloglogló que se va por las tuberías como con pena. En el suelo hay un enorme charco de agua. Pasamos a la habitación. Colchas rojas, un somier de tablas con un colchón de gomaespuma de tres o cuatro centímetros de grosor. Un letrero: no manchen las paredes; una de ellas es de cartón piedra. El ruido del tráfico de la calle viene matizado por una trayectoria que debe subir por el muro de la fachada, bajar, atravesar un patio cubierto de uralita, en cuyo fondo está encendida una televisión de colores, y filtrarse por fin por dos de los agujeros de los cristales rotos de la habitación.

La colcha roja servirá para tomar a la mañana siguiente un par de bellas fotografías de Berta mientras hacía desnuda sus ejercicios de gimnasia matinal. Hay poca luz; en el lienzo del visor, sobre la base roja de la colcha, se levanta el esmalte azul de la pared, las sábanas revueltas; en un lateral, cercano al eje central, el cuerpo de ella, los brazos al frente, el pecho prominente, el estómago retraído. La luz entra débil por el lateral derecho y modela suavemente los hombros, la espalda. El fotómetro marca un tiempo demasiado escaso, mantén la respiración, quieta, le digo. Creo haber visto esa tela roja sobre el crema de la sábana en algún lugar, quizás en David. Disparo y sigo con mis ejercicios de yoga, pero un momento después vuelvo a abrir los ojos, y en la cama opuesta, vuelvo a encontrar esa extraña mezcla de rojo, blanco y azul, con el cuerpo reconcentrado de ella en medio. Habitaciones de hotel barato, rastros de texturas y colores agolpados; el encuentro inesperado de la vista con las formas y los matices, momento ese en que la realidad se abre como una flor y nos regala la belleza de una composición.

Por las mañana los chorizos siguen indolentes en el mismo lugar que la noche anterior. El agua de la ducha, que ha sonado como un riachuelo cercano desde antes del amanecer, probablemente porque no había forma de cerrar la llave, deja caer una hilera de gotas ininterrumpidas cuando nos levantamos. Me siento en el lugar de todas las mañanas y el metrónomo del grifo acompaña a mi ánimo en el ir y venir de mis reflexiones. Se me encoge el estómago; pocas veces vi tanta decrepitud reunida, no pobreza, no, que eso es otra cuestión.

Bajaré enseguida para encontrar otro hotel por los alrededores y me encontraré en recepción gente amable y sonriente (el dia anterior habíamos preguntado por el agua; sí, hay varios baños, pueden ustedes bañarse todo lo que quieran) que me saluda desde el medio metro cuadrado del chiringuito acristalado de la recepción con la deferencia de quien cree haber cumplido con todos los requisitos para hacer que los clientes se sientan a gusto. Se me pasan por la cabeza los chicles pegados en el pavimento, el suelo que no ha debido de ver un fregona en una larga temporada, las centenares de señales de cigarrillos quemados en los muebles, una larga y negra telaraña que cuelga del techo encima de mi cama; y les miro y me encanta que los empleados del hotel sean tan amables y considerados.

Tengan cuidadito, nos había advertido anoche la camarera que nos había atendido tranquila y amablemente, tengan cuidado que hay mucho criminal suelto. Saqué la navaja, la tuve la mano, caminamos por el centro de la calle que ya empezaba a vaciarse de gente y subimos a la habitación después de atravesar la estrecha reja que nos cerraba el paso. Por la mañana la calle ya es de todos, el tráfico era fluido. Recorrí algunos hoteles, en la mayoría me atendían a través de la reja que separaba la calle de la recepción. Me muestran algunas habitaciones, un cubo oscuro sin un mísero tragaluz, no, no tienen ventanas, me dicen con la mayor naturalidad del mundo; en otro me cruzo con una mujer desnuda que lleva arrollada una toalla blanca en el cuerpo, me enseñan una habitación, sí, si tiene ventanas, me había dicho, las ventanas dan a un estrecho pasillo; enfrente cuatro servicios con las puertas abiertas de donde se escapan los olores propios de las deyecciones matinales de los clientes; casi no me da tiempo a mirar, retengo la sensación desagradable que me sube por el estómago, me cruzo con gente que se acaba de levantar, doy los buenos días amablemente, huyo, me marcho lo más deprisa que puedo con una sonrisa de cortesía anclada en mi cara. Hay hoteles mejores, algunos doblan el precio que hemos pagado la noche anterior, me hago enseñar una habitación, no mejoran en mucho a las otras, un jeroglífico de escaleras, en todos los rincones objetos abandonados, puertas de waters abiertas de par en par, la sospecha de que en alguna de las revueltas me voy a encontrar con algo inmundo e indefinible.

El ruido que producían los automóviles era estruendoso. Por fin logro que me enseñen algo habitable, quiero luz, le digo al encargado, mucha luz, el señor me indica una habitación: ¡vaya, puede pasar!, y, con un tono que no oculta un fondo un tanto socarrón, me dice, ve, desde aquí puede usted ver toda la calle, toda la gente que pasa. ¿No tiene otra con más luz? Me mira paciente y termina mostrándome la habitación de al lado, no se puede tener más luz, dice ahora, y va y me abre, en el achaflanado rincón de enfrente, una puerta que da a un balcón con vistas a dos calles laterales. Es una enorme sala de paredes sucias, pero me gusta; echo una rápida ojeada al baño, hay un pequeño charco en el medio, imagino enseguida que podremos limpiarlo sin problemas. ¿Agua? sí, sí y me abre el grifo para que lo compruebe. En fin, que ya teníamos hotel.

Ahora sólo quedaba descansar un poco y tomarnos la mañana tranquila a esperar la visita del Papa. Nos esperaba día de Papa, día de misa multitudinaria y, por supuesto, día grande para hacer retratos sin restricción de una muchedumbre alelada ante la voz cansina y de sonsonete del Santo Padre, que volaba desde Roma para dar el toque a sus ovejas que en los últimos años se están pasando en masa a las iglesias de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y a La Iglesia del Verbo (la de Ríos Montt que en los ochenta se cargó a miles de indígenas impunemente). Mundo de locos. Los americanos, avanzadillos ellos, temen que lo poco católico que merece la pena, los movimientos de la Teología de la Liberación, pueda estorbar su estrategia económica y social, y busca arietes que le vayan abriendo el camino, los evangelistas, ya da per tutto en Latinoamérica se convierten de esa manera en los guardadores de los intereses de la madre patria. Así que allí estaba el Papa por tercera vez, apacienta tus corderos, apacienta tus ovejas, probablemente a decirles a las masas que sigan teniendo muchos hijos, aunque sea en el cubo de la basura. Había sido totalmente inesperada esta coincidencia con el Papa, show sociológico que desde luego no nos íbamos a perder.

Ocosingo (Méjico)



El marco: un pequeño patio tropical en el que crecen las palmeras y al que se asoman los corredores de las habitaciones, sencillas, baratas, acogedoras; el lugar adecuado para continuar nuestra vida diaria en torno a los libros, la música o la escritura.

La mañana era de lluvia y de nubes bajas, casi una indicación para no abandonar el autobús y seguir hasta Palenque; sopesamos la posibilidad pero al final decidimos quedarnos. Nos aseguran que sí será posible encontrar algún camión que nos lleve selva adentro; diez horas de accidentada pista para hacer los ciento sesenta y tantos kilómetros que separan Ocosingo de San Quintín.

Los problemas con el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional están en situación de treguaun ejército de sesenta mil soldados vela por la estabilidad de la zona. Como consecuencia de la revolución de 1994 la zona ha experimentado un notable avance en lo que se refiere a los servicios: escuela, luz, médico, infraestructura en general; al menos la zona que nosotros visitamos; 0tro asunto son las comunidades que no tienen carretera, que son mayoría.

Es una curiosidad eso de que a uno se le afloje la escritura precisamente cuando recorre parajes y circunstancias nada corrientes, como fue el caso de los días que pasamos en la selva, pero... así es. Recuerdo un largo día en la caja de un camión, algún automóvil atascado en el barro al que hubo que auxiliar, una línea de tendido eléctrico caída sobre la pista y el excelente buen humor de los lugareños con los que compartíamos el viaje. Vivimos un par de día en una cabaña de madera e hicimos una larga marcha, con barro hasta la rodilla, para alcanzar las orillas de la laguna Miramar, que circunnavegamos durante un día entero. Después llovió torrencialmente durante veinticuatro horas. Los caminos de la selva se hicieron impracticables.

Hoy, repasando mis apuntes de aquel viaje que entonces transcurría en la selva Lacandona, núcleo central del movimiento zapatista entonces, año 2002, no encuentro nada relevante sobre la zona con que llenar aquella corta estancia; sin embargo tropiezo, con un relato que recibí mientras esperábamos en Ocosingo nuestro autobús para Palenque. Su autora me va a disculpar que incluya aquí el relato. La mirada del lobo, se titula. El contenido de este blog no tienen otro objeto que el de recrear algo de la memoria de aquellos meses, y la correspondencia y la escritura que compartíamos a uno y otro lado del océano no era el menor de los alicientes de entonces. El que lo incluya también tiene que ver con mis recientes y agradecidas lecturas de Jack London. Éste es el relato de X:




LA MIRADA DEL LOBO

El invierno había sido muy duro aquel año, las heladas habían congelado la gruesa capa de nieve y, el sol, como si su luz se hubiera vuelto tan fría como el fulgor resplandeciente del inmenso manto, apenas calentaba. Los ganaderos del pueblo se mostraban taciturnos, algunas de vacas habían quedado aisladas al comienzo de los fríos y dudaban que pudieran llegar a rescatarlas antes de que los lobos hicieran su aparición. No era animal abundante, tal vez quedara una sola manada de unos doce lobos, que por demás rehuía la presencia del hombre, pero el hambre les había hecho abandonar toda prudencia y habían empezado a merodear por los gallineros, los rediles y el vertedero de basuras. Así fue como aquel año, hasta bien entrada la primavera, cuando el deshielo llenaba de música las rocas de las laderas, la palabra lobo se hizo murmullo temeroso entre los habitantes del pueblo. Las viejas historias que los ancianos contaban en otro tiempo sobre ellos ya no eran tan apreciadas; el miedo había se había adueñado de los habitantes del pueblo; los chiquillos, vigilados de cerca por sus madres, jugaban sin perder de vista la puerta de sus casas.

El abuelo dio cuerda al reloj. Era una pieza heredada de su padre y la superficie estriada de la corona, ya desgastada, hacía resbalar sus dedos que humedecía levemente antes de deslizar la pequeña pieza redondeada entre el pulgar y el índice. Lo hacía con delicadeza, procurando no forzar el mecanismo; ese era el secreto de la buena conservación del artilugio. Los números de la esfera eran de un elegante trazado, al igual que la cajita redonda y plateada que la vieja limpiara con esmero cuando vivía; la abuela, como la llamaba cariñosamente en los últimos tiempos, la mujer a la que apenas reconocía ahora en la desgastada foto color sepia adherida a la cara interna de la tapa. Un recuerdo doloroso se cruzó en sus pensamientos y sintió una viva desazón. La cadenilla colgaba lánguida dejándose llevar por la caricia suave y fría de su mano. Otras veces la había dejado caer, formando un montoncito de eslabones sobre la palma, sintiendo el agradable cosquilleo, pero hoy la recogió sobre el reloj y se apresuró a guardarla dentro de la cajita de madera.

Desde aquel día reposó en su estuche y no volvió a sacarlo, tal y como se había propuesto después de suceder aquello. Pensó, algo triste, que se pararía al día siguiente, a las cuatro de la tarde.

María abrió el antiguo reloj de bolsillo, parado en las cuatro de un día ya lejano. Acarició la superficie de la cajita redonda, suave, sin adornos, el gracioso gancho en forma de pequeña anilla chata atravesando la corona que servía de engarce a una cadenilla de plata que el paso del tiempo había ennegrecido. Recordó el rostro severo del abuelo, aquel que le diera tanto miedo cuando niña. Fueron tiempos difíciles aquellos, tratando de ganarse el cariño de todos, de hacerse un espacio, como si tratara así de justificar el haberse hecho un hueco en la vida junto a los otros. Los años la vieron crecer sentada las tardes de verano en la silla baja de mimbre cercana al abuelo; con el paso del tiempo sus sillas se fueron aproximando más, creando una especie de complicidad entre ellos, un sentimiento que suplió todo el desamor que ella sentía era su infancia. En la cara interna de la tapa se veía desdibujado el rostro de la abuela. La fotografía se había desconchado como una pared vieja, el tiempo se había llevado parte del rostro de una mujer de edad indefinida; entre sus líneas demasiado redondeadas y su peinado hacia atrás, tal vez en un moño sobre la nuca, aún se podían distinguir unos pendientes largos y elegantes que a buen seguro realzaran su cara ancha, dándole un aspecto algo grácil. Sintió una tensión repentina en su mano izquierda y, por instinto, tiró de las riendas hasta darse cuenta que el caballo sólo intentaba llegar a la hierba de la vereda. Pensó que tal vez un movimiento brusco del animal hiciera caer el reloj de su mano y lo guardó en el bolsillo del chaleco. Apenas había sacado la mano cuando que el forro del bolsillo del viejo chaleco de pana estaba demasiado desgastado y pensando que pudiera perderlo se detuvo un instante y lo pasó al bolsillo derecho de la chaqueta.

Daniel alargaba el paso, casi con rabia. De vez en cuando se volvía, esperaba unos segundos: vamos, padre, apremiaba, áspero. El viejo dejaba oír su respiración, penosa por el esfuerzo. No obstante, apretaba el paso: voy, hijo, voy. Daniel tenía prisa, deseaba dejar al viejo en su casa, donde permanecería hasta el invierno. Atrás quedaban los largos días de intenso frío, sus toses de madrugada, producidas por ese asqueroso picadillo que liaba luego en papelitos, fumando uno tras otro; y sus madrugones, porque no podía dormir y arrastraba los pies por la casa, en una caminata sin sentido, para sobrellevar el frío, desvelando a todos, hasta que el hijo, malhumorado, se levantaba pagando su contrariedad con las puertas y las sillas. Hijo, no puedo dormir, se disculpaba, humilde. La nuera le reprochaba alguna vez: Daniel, es tu padre.

–Nunca llegaremos. Se nos va a echar la noche encima –gritó por encima de su hombro, enfurecido.

El viejo inició un trotecillo torpe, pero unos metros más adelante tropezó y cayó de rodillas sobre el lecho de hojas muertas del bosque. Daniel esperó a que se incorporara, sin moverse, mirando malhumarado la escena. Tras la muerte de la abuela, tuvo al abuelo con ella un año; María se encargó de que le arreglaran la dentadura, algo que Daniel no comprendía del arguyendo que el viejo a sus años ya no la necesitaba. Daniel había contemplado sombrío la alegría infantil de su padre cuando bajó del coche de línea, con su traje nuevo y una delgadez pálida que no le conocía. Pero el hijo no estaba dispuesto a tenerle en casa siempre, así que se apresuró a comunicarle que estaría mucho mejor pasando los meses de buen tiempo en su casa y el invierno con ellos. El anciano ocultó su decepción y asintió.

–Necesito descansar; sólo un poco.

La voz del abuelo le sacó de sus pensamientos. Con un gesto de contrariedad que no intentó disimular, tiró el hatillo junto al tronco de un gran roble y se sentó, mudo.

Apoyó la espalda en el tronco del roble, sin soltar la rienda del caballo que se apresuraba en arrancar los brotes tiernos de la hierba que asomaba entre la alfombra pútrida. Atada a la silla, la mochila le recordaba su resolución de tomar un nuevo rumbo en su vida. Hacía algunos años había elegido un camino equivocado que ahora estaba dispuesta a rectificar. El animal se esforzaba en masticar la hierba produciendo un tintineo apagado con el bocado. Una baba verde, olorosa, caía de su belfo y hebras de hierba asomaban de la boca. María atrajo la cabeza del animal y le abrió los labios, una masa semimasticada quedaba retenida por la barra de hierro que se asentaba en el espacio libre de dientes de su quijada inferior, la extrajo con los dedos y quitó la cadenilla y la correa de la muserola, liberando las mandíbulas del animal y permitiéndole pastar con más comodidad. Le dolía haber dejado su casa a escondidas, pero por nada del mundo quería que le siguieran la pista; necesitaba desaparecer para todos, empezar de nuevo, ser otra. Una sensación de escalofrío, la luz que iba perdiendo intensidad, le anunciaron que el atardecer estaba próximo. Mientras abrochaba las hebillas de la cabezada del caballo le asaltó el vago temor a perderse.

La idea de haberse perdido le parecía a Daniel absurda. Paseó la mirada a su alrededor, miró desconcertado a su padre y encontró el miedo chispeando en el fondo de sus pupilas. He intentado decírtelo, hace rato, dijo éste; cuando dejamos atrás la Fuente del Cuervo tomamos un camino equivocado. ¿Y por qué no lo dijo?, respondió Daniel. Tenías tanta prisa que no me escuchaste. El anciano intentaba dar a su voz un tono despreocupado, no quería que el hijo se sintiera culpable, eso le enfurecería y no mejoraría para nada su situación. Extrajo una linterna pequeña de un bolsillo de su chaqueta. Menos mal que, por lo menos, vale para algo, comentó el hijo mientras se la arrebataba con un gesto brutal. Continuaron hasta que no quedó vestigio de luz. Encendió la linterna. Con el despreciable círculo de luz que agigantaba las sombras a su alrededor resultaría imposible orientarse; así lo comprendió Daniel, resignado, y su voz pareció dulcificarse con un tono amable: buscaremos un cobijo donde pasar la noche, así no podemos seguir. Un aullido agudo cortó el aire, subiendo, quedándose allá arriba, suspendido como un funambulista en su hilo, y bajando después hasta perderse cadencioso en el aire que, de pronto, parecía haberse adensado. Se miraron sin hablar. ¡Vamos, padre, vamos! El pánico se había adueñado de Daniel, que había agarrado al viejo por un brazo y lo arrastraba tras de sí. El abuelo corría, insensibles sus piernas, mientras el corazón le latía con una fuerza desbocada que le dejaba sin respiración. Fue entonces un peso muerto para el hijo, que se volvió, suplicante. El padre se había dejado caer sobre el suelo y se esforzaba por recuperar el aliento. Vete, hijo; yo no puedo. ¡No me fastidie, padre, vámonos! El viejo le miró y el hijo se dio cuenta de que no se movería de allí, que había llegado al límite de sus fuerzas. Presa de un terror descontrolado, le parecía oír las pisadas de la manada siguiendo su rastro. Voy a buscar ayuda. Se disponía a marcharse, cuando pareció recordar algo. Volvió sobre sus pasos. Digo, padre, que me llevo la manta, no vaya a ser que usted la pierda. Dudó unos instantes antes de atreverse a meter la mano en el bolsillo interior del chaleco del viejo, encontrándolo vacío. El abuelo rebuscó en su chaqueta y puso el reloj en la mano del hijo, buscando su mirada. Daniel, los ojos bajos, lo cerró en su palma y se marchó. El viejo se deslizó buscando el refugio de los troncos próximos.

Allí, junto a los troncos, le parecía estar más protegida. Sujetaba el caballo de las correas de la cabezada, tratando de infundirle una tranquilidad que ella estaba muy lejos de sentir. El aullido se repitió, más cerca. El animal luchaba por zafarse de la mujer, piafando y lanzando manotazos impacientes. Los ollares dilatados, las orejas rígidas y los ojos extraviados delataban su pánico. Todo él parecía un muelle a punto de saltar. María quitó las hebillas de la cincha con manos temblorosas, luego, las de la cabezada; tiró hacia arriba de las correas laterales, liberando las orejas, y la dejó resbalar hasta que el animal quedó libre. Durante unos segundos permaneció inmóvil, la cabeza erguida, como asegurándose de que nada le ataba. Después dio media vuelta y se internó en el bosque. La silla cayó en el límite del pequeño del claro. María esperó, asustada.

Pero no era miedo lo que sentía el viejo. Abatido, esperaba iluminado por la luna que filtraba su luz entre las copas hasta el claro donde se encontraba. A través de las lágrimas, distinguió las siluetas de los animales, oscilantes, diluyéndose y aclarándose en un baile siniestro. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y esperó. Parecían no tener prisa. Se paseaban como ignorando la presencia del hombre. Alguno agachaba la cabeza al pasar junto a otro de mayor jerarquía que le envolvía con una mirada hostil de advertencia. Una loba preñada olfateó el suelo, paseando el hocico por un complicado rastro, hasta que su nerviosismo llamó la atención del resto. La loba se internó en el bosque tras la huella, llevándose consigo al resto de los lobos, a todos, menos a uno de ellos, un lobo gris que se había acercado al hombre, sentándose sobre los cuartos traseros, frente a él. Se miraron hombre y animal; ninguno de los dos rehuyó la mirada del otro. El lobo poseía en sus ojos rasgados y amarillos, una nobleza que tenía algo de humano. El viejo pensó que su hijo, en cambio, los tenía fríos y crueles, como de lobo. El animal se levantó, volvió la cabeza y se alejó, despacio, hacia la espesura, donde inició una rápida carrera tras los pasos de la manada...y de Daniel, cuyo rastro había olfateado la loba dominante.

Tensa por el miedo María contemplaba, con una sensación de irrealidad, los rápidos movimientos de la loba, olfateando, ansiosa, el rastro dejado por el caballo. El resto de la manada, alertado por ella, se mostraba impaciente. Alguno dirigía a la mujer encogida junto a un tronco, una rápida mirada, pero pronto la excitación general atraía su atención. La loba se introdujo en la maleza, llevándose tras ella al resto. María no se atrevía a moverse. Pasó un rato que se le hizo muy, muy largo, hasta que se deslizó dentro de ella un tenue hilo de confianza. Estiró las piernas y respiró con más libertad, sintiendo el aire frío dentro de su cuerpo. Temblaba y echaba de menos algo con que abrigarse, tal vez si encontrara un tronco hueco... Se levantó muy despacio, procurando hacer el menor ruido posible, cuando llamó su atención un objeto que destacaba en medio del pequeño claro, a la luz de la luna: el reloj de su abuelo que debió caer cuando soltaba al caballo. Se acercó y ya se agachaba para cogerlo, cuando su mirada tropezó con la otra del animal, que la miraba fijamente, sentado frente a ella. Se estudiaron uno al otro. María percibió algo tranquilizador en los bellos ojos del lobo gris y supo que no iba a atacarla. Recogió el reloj. Lentamente, el lobo se incorporó, dio media vuelta y emprendió un trote rápido tras la manada. María pensó en cuántas personas carecían de una mirada tan noble. Se dispuso a afrontar la noche, la mano cerrada sobre el reloj de su abuelo, como un talismán.

Una mano del cadáver, fuertemente cerrada, llamó la atención de uno de los hombres. Costó trabajo abrirla y sacar el reloj de cadena que sirvió para aclarar la identidad de aquellos maltratados despojos. Alguien traía al abuelo. Le pusieron encima una manta que habían encontrado por los alrededores y se apresuraron en llevarle al pueblo, para que no viera lo que los lobos le habían hecho a su hijo. Un hombre le alcanzó y puso en sus manos el reloj; el viejo le dirigió una mirada inexpresiva y se dejó conducir, como sonámbulo, hasta el pueblo, arropado por una manta que le pesaba encima como una maldición. Tardó años, muchos años en poder mirar a su nieta, a la hija de su hijo, a la cara. Cuando sintió su proximidad, su cariño inocente, su pena por su indiferencia, se fue ablandando hasta que un día, junto al fuego, recordó la mirada del lobo, entonces, arrimó su silla a la de ella y le dirigió una gran sonrisa. Un tiempo antes de morir, cuando ya su cuerpo cansado miraba de frente, agradecido, su propio fin, llamó a María y le entregó el reloj de cadenilla.

María contemplaba el reloj y recordaba al abuelo mientras le ponían un abrigo sobre los hombros. Ahora la vida se abría ante ella como un gran interrogante. Después de todo, aún era tiempo de cambiar algunas cosas antes de tomar decisiones extremas. Se preguntó qué habría ocurrido si hubiera logrado atravesar el bosque y se hallara ahora sentada en un autobús rumbo a cualquier lugar, tal vez asustada y confusa, sin saber por dónde ni cómo rehacer su vida. Se detuvo frente a la entrada de su casa. A su mente acudió la mirada tranquilizadora del lobo. Compuso un gesto de fuerza y se dirigió con paso firme hacia la puerta.

Tras los hechos, se organizó una batida. Seis lobos pagaron con su vida el haberse atrevido a hacer frente a los humanos. Escaparon dos que subieron al monte, perdiéndose entre los riscos inaccesibles. Uno de ellos era un gran lobo gris. Mientras, en un lugar seguro y oculto, los diminutos cachorros hociqueaban entre el pelo, buscando las tetillas rosadas de la loba.

San Cristóbal de las Casas (Chiapas), Chamula



Pese a la postración de una mañana de pereza, mi yo flota ahora en la alfombra del Melquiades más allá de la ventana jugando con las nubes bajas del pico que íbamos a subir esta madrugada, se restriega el lomo contra la almohada, es ya una entidad dispuesta a encontrarse con la mañana. Sólo le falta despabilar los músculos, estirarlos, abrir los canales de la respiración, airear el cerebro.

A media mañana, después de unas brumosas horas de incertidumbre, ya casi todo empieza a estar en orden. Y así, con el cuerpo tonificado por el agua, por mi viaje aéreo matinal sobre la ciudad de Oaxaca y su montaña, nos vamos al Zócalo y torcemos a mano derecha y entramos en un local en donde dos decenas de máquinas son capaces de ponernos en contacto con otras realidades al otro lado del océano. Y en pocos instantes éstas nos dejan sobre la mesa las palabras que vienen del desierto por donde anda nuestro hijo menor, el aire fresco de la lejanía de la casa, la distancia de una mujer, el calor de los otros. Y sube rebosante hasta mí el deseo. El deseo que habrá de acompañar mi libertad, que no la dejará obsoleta y falta de sentido en mitad del camino. Y ahora todo es mucho menos plano que esta mañana porque las fuerza que llevamos dentro y el aire desde el otro continente han modificado mi punto de vista y ahora, de nuevo, mi libertad tiene de qué nutrirse.

Y recuerdo el último correo de mi hijo mayor, Guille, esa demanda suya por saber de las pequeñas cosas de todos los días, y pienso que efectivamente que estamos en las pequeñas cosas: los deseos satisfechos; el cuerpo flexible, para, como decía el otro día Marisa, citando a Musil (“Una hora al día es la duodécima parte de la vida consciente y basta para mantener un cuerpo entrenado en las condiciones físicas de una pantera dispuesta a cualquier aventura”), disponerlo a cualquier aventura; las noticias de casa; el ver cómo las lecturas, la realidad, cuestionan día a día nuestro punto de vista, nos hace solidarios, nos recrimina; hablar del ostracismo que nos impone a veces la calle como fruto de nuestra timidez; el escuchar cómo nos cantan por dentro los gorriones a alguna hora del día. ¿O no son esas pequeñas cosas a las que se refería mi hijo? A mí me gustan en especial esos pequeños detalles; cuando alguna princesa está triste no hay príncipe que se moleste por los asuntos de la corte; de alegrías y tristezas viene a ser el cuento que todos vivimos..

Y de aquí podría saltar a cualquier parte del universo, porque la mañana se levantó así y de esa manera continúa. Amanecer tras los cristales empañados de un autobús que volteaba a los pasajeros de un lado a otro del asiento por tortuosas carreteras de montaña, es una experiencia que notifica la epidermis y transmite buena cantidad de estímulos a alguna parte de nuestra masa encefálica.

Estamos en el medio de esa brecha en que la brutal injusticia de un capitalismo salvaje relega a los indígenas a una condición de indigencia y abandono sin salida. El movimiento zapatista es hoy una antorcha para el mundo entero, aglutina a intelectuales, jóvenes, gente comprometida en todo el mundo, en un momento en que parece que ya no tuviéramos otra guerra que ganar que la de un salario suficiente para alimentar todas nuestras apetencias.

Estoy absorbido por la lectura de Marcos: el señor de los espejos, de Vázquez Montalbán, un estudio sobre el movimiento indígena de la selva Lacandona, a la vez que un alegato sobre la necesidad de resucitar un discurso de izquierda con un lenguaje nuevo. Los de la oficina de información al turismo nos han querido meter el susto en el cuerpo: la zona zapatista de todo el valle no es ni accesible ni recomendable, y menos, por supuesto la selva. Entendido, pero no lo tendremos en cuenta. Queremos subir hasta una pequeña comunidad, el ejido Emiliano Zapata. Leí en algún lugar que la selva Lacandona es uno de los lugares más bellos del mundo. Los próximos días serán una incógnita por motivos diferentes, además de la pista, algunas horas de caminar en el barro y parte de la parafernalia del ejercito controlando de cerca al EZLN, encontraremos barro a montones. Queremos llegar a una cristalina laguna denominada Miramar. Tendremos que encontrar también un guía y alguien que nos alquile una canoa.



Chamula


La verdad es que no he nacido para escribir libros de viajes, un lector que pretendiera saber algo de lo que va sucediendo a este viajero que ahora anda por Chiapas, se quedaría a la luna de Valencia. Nada más costoso que describir el ambiente de la iglesia de Chamula donde se practica un extraño sincretismo religioso entre maya y católico. El espacio diáfano interior está envuelto en el espeso ambiente que desprenden cientos de velas depositadas sobre el suelo frente a numerosos grupos de orantes postrados de rodillas que musitan plegarias ininterrumpidas; el suelo ha sido alfombrado con manojos de hierbas, no hay bancos ni sillas, los niños juguetean por los suelos junto a los cuerpos extasiados de sus padres; un féretro en un lateral, algún turista despistados, el ambiente neblinoso que sube de los pabilos flota como una calina tropical al filo del alba. El recuerdo más próximo es un templo hindú saturado por las ofrendas florales a Siva. Y salir a la luz implacable de la plaza y tropezar con una aglomeración de indígenas en estado de recogimiento, consumiendo en corro Coca-Colas, producto que creen les protege de las arremetidas de los espíritus infernales. Y pasar la calle y atravesar el mercado y sopesar si sacas la cámara o no, porque no me siento a gusto dirigiendo el objetivo hacia la miseria, hacia la adustez. Pero descubro a los niños, montones de niños: Marbi, Marisol... niños a la espalda de la madre sobre el consabido atajo, que miran con los ojos de plato como si estuvieran descubriendo el mundo.

A Chamula siguió media hora en la carretera esperando que algún coche nos subiera hacia los pueblos de la montaña, no encontramos medio para llegar a San Andrés, una comunidad zapatista donde el Gobierno firmó con el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) un importante acuerdo que después se fue al garete. Para un coche, trepamos a la caja de madera en la que viajan ya otros paisanos; no, San Andrés, no: Mitontic. Tanto da. Hacemos el trayecto con dos indígenas; curvas, viento, bares aislados pintados con el rojo de la Coca-Cola, mujeres tejiendo a las puertas de las casas —simples paralelepípedos de adobe—, alguna iglesia pintada de azul cielo y blanco. Nos bajamos en Mitontic. No hay bandidos, ni asaltantes, mi militares, ni encapuchados. Y nosotros que creíamos llegar a yo qué sé qué lugar infernal. Paseo tranquilo por el pueblo, de algún bar o casa sale la fanfarria musical de Méjico que revolotea por la calle dándole un tic de fiesta y alegría. Buenas tardes, buenas tardes, adiós, y otra iglesia y las velas y el ambiente irrespirable, y esperar a que las pupilas se dilaten en la oscuridad y nos deje ver ese claroscuro desde que emergen varios grupos familiares en actitud de invocación. Y luego allá estaba Isabel jugando con su hermanito que se había subido a un árbol, e Isabel oculta su media cara tras otro árbol pero cuando la saca enfoco y hago dos tomas en blanco y negro; pero es necesario también que el color recoja los matices contra la fachada luminosa de las casas del fondo, y cambio de máquina, de objetivo y allí está otra vez Isabel.







Cholula y el Capitán Trueno

Tengo una amiga que es reacia a esto de los blogs, valga decir a compartir con quien se sienta dispuesto ese trozo entrañable de vida que a veces nuestro ánimo nos empuja a poner en palabras.

Por aquellos días de viaje, camino a Oaxaca, recibí una larga carta suya que hoy me animo a en reproducir en parte. El otro día decía aquí mismo que una novela bien escrita eleva las razones de la vida y de los hechos a una categoría “superior”; en realidad lo que que estaba en mi ánimo cuando escribí aquello, era la idea de que la escritura, recogiendo fragmentos de vida y recreándolos, lo que hace es profundizar y tratar de encontrarle al hecho vital una densidad que muchas veces se pierde en el apresuramiento de nuestra vida cotidiana. La escritura rescata y pone ante nuestros ojos preciados instantes que de lo contrario se perderían en la sucesión continuada de los acontecimientos diarios. Así me sucedió hoy a mí, que queriendo reproducir someramente las impresiones de un largo viaje por América y repasando aquí y allá mis apuntes, me encontré con las líneas ya casi desvanecidas de su carta de entonces. Aquello también era parte importante de mi viaje. Yo hubiera preferido encontrarme con mucha de su escritura en algún blog, que con seguridad sería un recreo para los aficionados a la lectura, pero dado que eso no es posible, me permito incluir aquí alguna de sus anotaciones, que por otra parte dan continuidad a mis propias reflexiones:

“El Capitán Trueno duerme en mi regazo con un total abandono. De vez en cuando estira las manitas y deja al descubierto cinco garritas blancas, lo único blanco que tiene en todo su cuerpo, si exceptuamos la barriguilla casi lampiña. Domingo por la tarde. Todos duermen en casa. Releo tus últimas cartas y reflexiono sobre ese tema que suscitaste el otro día, la soledad, esa soledad que todos tenemos como compañera ineludible y que vamos intentando mitigar aferrándonos a los otros. Desde que os fuisteis, yo convivo con ella, ha sido como un reencuentro. Me gusta esta soledad mía que me hace fuerte, que me está ayudando a descubrirme. La soledad es un bien que hay que saber apreciar, porque lo normal es que oigas hablar de ella en sentido negativo y con temor; tal vez tenga algo que ver con eso que hemos hablado alguna vez sobre lo mal que se prepara a los niños para la vida, por lo que formamos seres incompletos como nosotros mismos.

El Capitán Trueno es un gato prematuro, un luchador en toda regla superviviente de una camada que nació muerta. No se dice que no a lo que te dan con tan buena intención y mi hijo era todo ternura con un cuerpecillo que cabía en la palma de su mano, mientras me decía que me lo regalaba para que sustituyera al Fusi. El Capitán Trueno se mete en el cuenco de la comida, extiende sus patitas, afila las uñas y tiene a raya hasta al Chiquitín, que le mira como dudando si semejante gruñido de amenaza sale de ese ser tan diminuto que hay que encerrarlo para que no muera de un pisotón. El Capitán Trueno es un juguetón incansable y se dispara detrás de cualquier cosa que se mueva. Encuentra un hueso de cereza y se pierde por el pasillo con su balón, que protege de los demás con su descomunal gruñido, por lo que deduzco que el Capi, que es como se le llama por aquí, se lleva muy bien con su soledad y se lo pasa superior siendo su propio amigo. También me da que pensar, viendo sus juegos y los regates del Chiquitín para quitarle el hueso de cereza, si no serán los gatos los inventores del fútbol :).”




Oaxaca

(Sobre una escultura de Javier Marino)

Hueco, vaciado de sí mismo
misterio de carne
tumbado perezoso en la penumbra,
cuerpo de tierra.
Lo vi allá, dormido,
recostado entre las piernas desnudas
de ese hombre de barro,
lo vi y la mirada se me llenó de ternura,
ajeno, dócil, suave,
niño grande
vistiendo el cuerpo,
descansada indolente virilidad
dios menor,
pelambrera, musgo moreno
entre los muslos,
árbol, pene, cuerpo, barro.
Esplendor de un cuerpo
ensartado de alambre
que una mañana descubrí,
magnífica virilidad,
dormida entre los lienzos
de Remedios Varo.




Puebla

“Y sin misterio nuestro amor carecería de interés” Los años con Laura Díaz, Carlos Fuentes.

Un misterio los otros; misterio al que no conviene visitar en su profundidad. Conocer excesivamente al otro debilita la tensión de atracción que el otro nos suscita.

O quizás vivir el engaño de ese supuesto misterio, porque en rodearlo y en indagarlo está esa parte del otro que nos cautivará; y porque incluso no habiendo misterio no por ello dejará de existir el juego lúdico e inteligente de ejercitar nuestras facultades y de crear el esplendor de una concatenación de tensiones que sólo tendrán su existencia si creemos en él. Lo que suceda entre el movimiento del primer peón y la complejidad de la partida avanzada será patrimonio único del jugador. El misterio desvelado, la defenestración del rey, sólo tiene el interés anecdótico de la suerte echada.

Pero nosotros, hombres prácticos, queremos hechos tangibles, misterios desvelados... ¡pobres!

Y sin embargo el amor se nutre de una importante dosis de misterio. Lo testimonia Carlos Fuentes mientras nuestro autobús se dirige hacia el sur con destino a Puebla.

Es un buen tema ¿no te parece?, le escribía yo en aquellos días a mi ex-novia, cuando tú preguntas ¿qué es lo que hace que uno nos fijemos en otro?, dejas siempre al interlocutor en un aprieto. Algo así como si en el hecho de querer nombrar las cosas, sus razones de ser, ellas mismas perdieran algo de misterio, ese gusto que tienen las personas, su historia por vivir en la ambigüedad, en lo no definido. No, no parece que sea bueno, ni posible, enamorarse de alguien sobre la base de un conocimiento pleno. El misterio, nuestros yoes desplegados lentamente sobre el tapiz del tiempo, nuestros yoes que somos hoy y los que seremos mañana, pasado mañana, deberían ir alimentando la curiosidad del otro a pequeños sorbos, bebidos como el buen vino, sin permitir que la botella se acabe nunca. Eso que asegura Laura Díaz en el comienzo de la entrada de hoy: “sin misterio nuestro amor carecería de interés”.

Cinco horas y media de autobús, el gusto de viajar: dormir, leer, pensar, mirar el paisaje.

Y leo: “Era imposible atribuirle misterio alguno a este “lagartijo” pasado de moda, modificado y banal...”

Y más adelante, cuando Laura impone una severa distancia entre ellos, ella dice: “—¿No entiendes? No quise que nuestra relación se enfriase en la costumbre... no quise que la poesía se convirtiese en prosa”

Puebla tiene un cierto aire a Florencia, sobre todo en esta tarde de nubes a la aguada que rondan el cielo jugando con las cúpulas neoclásicas de dos iglesias que sobresalen por encima de las azoteas.

Victoria habla del Comandante Marcos, de Chiapas, de literatura, una entrevista que deriva hoy hacia el Juan de Mairena, de Machado. Guardo algunos recuerdos de las lecciones de Mairena. Estoy deseando leer su librito, nos lo intercambiaremos, yo le daré a cambio a Carlos Fuentes. Nos acercamos a Chiapas y puede ser una buena lectura para entrar en situación. El camino enseña, el viajar abre los poros de la piel para que penetre el aire del mundo y dejemos de ser unos peludos chovinistas.

Es una bella ciudad ésta. Hemos encontrado un trajín cultural inesperado. Esta mañana una sesión de bailes regionales y otra de un cantautor local. El lunes nos vamos a Cholula, una excursión de un día. Una enorme pirámide que sigue en altura a la de Keops. Una visita obligada.




Paseo por Cholula y labor de fotógrafo, fondos de vieja mampostería que me recordaron las encantadoras callejuelas de Benarés. Una verja de hierro, una escalera, pero... le faltaba algo al escenario; me di una vuelta, localicé a un niño moreno que venía ni al pelo, dudé, pero al final me decidí, les pedí el favor a los padres y ahora sí, ahora el cuadro quedaba completo, el niño se columpiaba en los barrotes de hierro frente a una gama tonal de las ciudades de la India. Son exquisitamente amables estos mejicanos.

Teotihuacan, Taxco



Teotihuacan

Excursión a Teotihuacan. Nos sorprendió la tormenta descendiendo de la Pirámide del Sol. Las paredes de la pirámide se convirtieron en una cascada que encauzaba el agua por los corredores convirtiéndolos en río. La parafernalia de los truenos hacía retumbar la entera Ciudadela. El conjunto monumental, que aparecía anodino momentos antes desde la cumbre bañado por una luz plana impersonal, se llenó de resonancias de luces y de cosa extraordinaria. Protegidos bajo dos paraguas contemplamos cómo la tromba de agua se derramaba como un ancho arroyo sobre la explanada central. Con mucho trabajo logramos sacar la máquina; indios y vendedores desprevenidos aguantaban el temporal junto a los sus cestos de souvenirs; la mayoría de los turistas corrían estoicamente bajo la lluvia torrencial, desprovistos de la necesidad de guarecerse de la lluvia porque ellos mismos eran ya un puro charco. Los colores, el enorme lago formado, los sombreros de paja iluminados de lluvia se convirtieron por arte de birlibirloque en materia fotografiable: sombreros, rostros, charcos, el amarillo real de los plásticos que protegían las imágenes de obsidiana... Las lluvias de la tarde a veces traen estos milagros.



Ciudad de Méjico

Una novela bien escrita eleva las razones de la vida y de los hechos a una categoría “superior”, tinta los actos de una nobleza (en su sentido de razón más consistente, más profunda. Nobleza en su acepción estética, no ética) y de un sentido que para sí quisiera la vida cotidiana. Todo allí parece atado y bien atado, todo tiene significado relevante, sea para bien o para mal. Cuando uno observa el decurso de la propia historia, fragmentos de ella quiero decir, quisiera elevarlos a estas instancias también, imagina que efectivamente la historia diaria debe tener una explicación, una concatenación, una profundidad que raramente el individuo llega siquiera a sopesar. O el novelista extrapola —que no creo— y nosotros podemos imaginar que nuestras vidas son menos interesantes, mucho más prosaicas; o, por el contrario, lo que sucede en que nosotros no sabemos (yo no sé) hincarle el diente a nuestra propia historia y trivializamos en torno a ella, farfullando pensamientos chicos y análisis que con frecuencia percibo cercanos a lo trivial.

Respecto a lo que me interesa, las razones de mis personajes (y en este caso no se trata de personajes de novela sino tú, yo, mis hijos, la gente que conozco) son primordiales, pero cuando me acerco a ellas, intentándole ver por dentro desde cerca me parece que carecieran de la gracia pasional, emocional que debería vestir una narración; intuyo que parte importante del contenido de sus almas se me pierde por el camino.

Estoy en una especie de patio en un cuarto piso con una bóveda cubierta por placas de metacrilato. Hace rato volvió a desplomarse el cielo sobre la ciudad y el techo parecía que se hundía. Quince o veinte minutos capaces de cargarse el inmueble como se descuiden. En poco tiempo esto se llenó de chorritos de agua que salían no de las placas transparentes del metacrilato sino del mismísimo techo. El ruido era tal de no poder oír otra cosa que no fuera la tromba de agua sobre la cabeza. En este escenario leía. Me he habituado a este espacio apenas visitado y a él me vengo a escribir mientras hay luz. Se oyen las voces de los clientes del hotel pero no me molestan. Yo, tan pejigueras para los ruidos nocturnos, llego a dormir toda la noche muy dentro del ruido que sube como por una chimenea hasta los ventanales de nuestro balcón.



Taxco

Un tropel de pajarillos se nos cuela por la ventana. Dos camas, tres vigas de color azul cielo, paredes enjalbegadas, una silla de enea y una mesilla, es todo. Miro las vigas mientras Victoria, desde la otra cama, me lee el cuento que me envió Marisa,; su voz se confunde con la de los pájaros.

El otro día, en un museo, en una sala de carácter didáctico se mostraba una pintura de Diego Rivera y, después, para enseñar distintos aspectos, composición, color, puntos de atención, etc., había un dispositivo que deslizaba sobre el cuadro un lienzo transparente en donde se resaltaban algunos aspectos relevantes de la pintura que un neófito no podía ver. Era como ir descubriendo el alma, las distintas almas del cuadro, mostrando en transparencia sus características más notables. Al final se obtenía una visión de conjunto que nos acercaba a una mayor comprensión del mismo. Algo así debe suceder con la percepción que tenemos de los otros.

Ciudad de Méjico


El camino de la perfección. Estaba sentado haciendo yoga frente a la ventana y me asaltó este pensamiento: el camino de la perfección personal (un modo de decir, claro). Somos imperfectos, en nuestro barco se abren vías de agua, y así andamos. Recuerdo que una idea similar me vino con fuerza en Teherán unos años atrás. Es como si algo dentro de uno llamara periódicamente a practicar un tipo de verdad conveniente al organismo. Ser mejores, estar en sintonía con lo que te rodea, no engañarte, ser verdad en ti mismo.

Ser verdad en ti mismo. Una idea interesante.

El camino de la perfección, no ese en que tanto empeño ponían los curas cuando nos empujaban a leer el Kempis, no. Cuando pienso en esas palabras parece mejor que me acercara a un concepto que lindara con la idea de agradarse a uno mismo; perfección es un concepto ético de dudosa filiación, como una parte importante de todo lo ético; habría que andar sobre él de puntillas. Agradarse a uno mismo sí me parece ya algo sólido sobre lo que levantar otros ladrillos.


Museo de Arte Moderno.

Pasear frente a los cuadros puede ser como pasear por el país y por la intimidad de sus habitantes.

La castidad rasgada. Conceptos, organización de la naturaleza, referencias después enfatizadas. La cueva del Minotauro, el bosque encantado. La moral organizada a partir de la naturaleza, a partir de un principio indiferenciado.

Anhelo y penitencia. ¿Cuáles son las tripas del anhelo? El anhelo, que se asoma a las almas que habita, según su fortaleza, las circunstancias que vivió y creó el individuo. El anhelo se yergue y se hace fértil cuando la esperanza está viva y ondea fértil en el horizonte.

Hombre reclinado, Javier Merino. El orgullo del pene, la conciencia de la virilidad, la conformación del cuerpo: estar vestido del cuerpo. Ser pene, ser árbol, cuerpo, barro, desgarro, mirada inquisitiva.

No te podré mirar a los ojos porque tendré tu cuerpo delante, las puertas, el misterio, el anhelo infinito de tocarte.

Visita inesperada. Remedios Varo, que explicaba momentos antes de su muerte el mecanismo del infarto que sufrió. “¿Habrá conquistado la gran sabiduría de ver la muerte sin miedo?”

Angel Zárraga. San Sebastián, La dádiva. La dádiva. Los viejos, la decrepitud frente al misterio de la vida, la insinuación de lo profundo, del ser. Ese pene que buscaba hoy, recostado, tranquilo, transmutable en pasión y gemido.

Agustín Ocampo. Desesperación. Escultura de mujer postrada sobre la tierra de rodillas. Contraponer esta figura a la de del hombre de barro.

Insistentemente: la figura femenina desnuda, la fuerza que nos lleva a ella como expresión del comienzo de un misterio. La desnudez, la emoción de lo bello. ¿Qué hay en esa desnudez que llega a nosotros como canto de sirena, inefable, indecible?





Ciudad de Méjico


Las voces se habían ido extinguiendo y el silencio se fue acoplando a la oscuridad neta de la habitación —una cama, dos armarios, una mesilla de noche, dos macutos junto a una silla—. Unos pasos se perdieron a lo largo del corredor. Después quedé profundamente dormido, como abrazado al cansancio, relegado a la suerte de mi propia inconsciencia. Me despertaron los vagidos de una mujer, el estremecimiento de la carne temblaba en el silencio de la noche. Era hermoso.
Llueve, el cielo se puso de un bello color cobrizo. Nos pertrechamos para pasar la tarde hasta la hora del concierto —madrigales de Monteverdi—.

Inclinado sobre la vida como Saturno sobre sus hijos,
recorres con fija mirada amorosa
los surcos calcinados que dejan el semen, la sangre y la lava.
Los cuerpos, frente a frente como astros feroces,
están hechos de la misma sustancia de los soles.
Lo que llamamos amor o muerte, libertad o destino,
¿no se llama catástrofe, no se llama hecatombe?

Leo a Octavio Paz con la disposición de quien busca luz en la espesura. A veces me quedo parado frente a unos versos, no acierto a saber por qué, pero ahí estoy, intentando averiguar por qué las palabras se apoderan de mí. Saturno, surcos, sangre, lava, cuerpos. Y junto a ellas ese te quiero, mi amor, salido de las entrañas de esta madrugada anterior en mitad del silencio y la oscuridad. Y el Cristo efebo y estilizado de Rodríguez Lozano en el Museo de Bellas Artes. Y una mujer al otro lado del océano sugiriéndome unos pocos versos.

Me gusta tocar
me gustan los cuerpos,
y lo que hacen los cuerpos
y saber que ellos y ellas quieren no otra cosa
que cuerpos, que besos.




Desde la ventanilla del avión no es difícil acercarse a la fragilidad del ser humano; frágiles y limitados. Nos queda la armonía de lo que nos toca vivir. Ojear las gamas de los colores, estar atentos a los ritmos, probar la hermandad de las tonalidades, buscar la emoción entre los acontecimientos que nos trae la vida.
Las diez de la noche. Inicio de un viaje que por la mañana pronto fue distanciamiento respecto a lo que me rodeaba, un poco de tristeza, algo de nervios, que, según transcurría el día pasó por los rudimentos de una reflexión general sobre el rumbo último de la vida, la apertura a otras realidades como consecuencia del nuevo paisaje que se abría, la lectura emotiva de Octavio Paz, la alternancia de las comidas, Los años de Laura Díaz, de Carlos Fuentes, el sueño inevitable de once horas de vuelo.